miércoles 13 de abril de 2011

UN TECHO Y UN HOGAR


Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en suplemento 'Cultura/s', La Vanguardia, Barcelona - Número 460

La tarea de Common Ground, una organización sin fines de lucro con sede en Nueva York dedicada a la reinserción de personas sin techo, es un ejemplo de la diversidad de factores que es preciso integrar en la planificación de una labor social para producir y consolidar unos resultados positivos que sean beneficiosos para individuo y comunidad. Un ejemplo de cómo un emprendimiento privado puede abordar el trabajo social desde unos objetivos y una actitud que van más allá de la consecución de soluciones meramente caritativas y que plantean alternativas de mayor eficacia que las propuestas por las políticas institucionales.

Fundado por Rosanne Haggerty,  una emprendedora vinculada a fundaciones dedicadas a la atención a problemáticas sociales, la actividad de Common Ground tiene como uno de sus ejes de acción cruciales la rehabilitación de antiguos edificios y el desarrollo de nuevos emprendimientos inmobiliarios en los que crear unidades de vivienda segura y asequible en las que alojar a personas que carecen de hogar y que asimismo aporten una mejora a la calidad de la zona urbana en la que se insertan.  Hasta la fecha, Common Ground ha creado aproximadamente 2.500 viviendas en diferentes distritos neoyorquinos, Rochester (estado de Nueva York) New Haven (Connecticut), con la expectativa de crear cuatro mil nuevas viviendas para el año 2015.

Su primer proyecto fue la rehabilitación del Times Square Hotel en Manhattan, un edificio construido en 1922 e incluido en el Registro Nacional de Lugares Históricos (NRHP) pero que a comienzos de los años 90 se encontraba absolutamente deteriorado. Common Ground planteó una rehabilitación que preservaba el carácter original de determinados ámbitos del edificio y creaba asimismo 652 apartamentos para acoger a personas sin techo. El proyecto logró reducir en un 87% el número de personas sin techo en la zona y, en palabras de Haggerty, evidenciar cómo unas dotaciones problemáticas – un edificio en mal estado o infrautilizado, un solar vacío – pueden convertirse en activos que provean soluciones para las necesidades sociales.  Otros edificios patrimoniales, como el Hotel Prince George (originalmente construido en 1904) o la antigua sede del YMCA en Chelsea forman parte, junto a otros edificios recuperados, de una red que integra también a diferentes edificios de nueva planta, como los bloques de viviendas Schmerhorn (Brooklyn), Aurora (Manhattan), The Brook (Bronx) o The Lee, que en 2005 fue galardonado y señalado como un modelo de construcción verde.

Las intervenciones evidencian la transformación de los edificios en lugares luminosos, acogedores, donde se prioriza la construcción con materiales ecológicos y reciclados, en cuyos programas se integran fluidamente una dimensión privada y una dimensión colectiva. Cada apartamento está planteado según una estructura de organización elemental  que permite una distribución sencilla y eficaz que genera una sensación de propiedad, intimidad y hogar. Asimismo, cada edificio dispone de área comercial, zonas de servicio y de ocio comunes para los residentes (lo que genera una media de 10 y 25 puestos de empleo por edificio). Por otra parte, los salones de algunos de los antiguos hoteles restaurados funcionan actualmente como galerías de arte o se ofrecen para ser alquilados para eventos,  factores que permiten la vinculación del edificio con la actividad cultural urbana y contribuyen a evitar una concepción del edificio como albergue-ghetto que acabase resultando contraproducente para con el objetivo fundamental del proyecto, que es colaborar en la rehabilitación personal y social de los individuos a los que se concede una vivienda.

Common Ground tiene cuidadosamente establecida una metodología de acción cuyo objetivo es priorizar los casos de mayor vulnerabilidad, simplificar al máximo para cada persona el proceso de tránsito de la calle al que será su hogar permanente y ocuparse de gestionar todos los servicios de atención y apoyo específico que su caso personal requiera (cuidados médicos y psicológicos, formación profesional , solicitud de ayudas…).  Como razona Haggerty, crear soluciones que prevengan y atajen la situación de falta de hogar resulta mucho menos costoso económicamente que fomentar recursos sin salida como albergues temporales o el internamiento en hospitales o prisiones. 

Acciones como las desarrolladas por Common Ground trasladan a la arquitectura presente a una nueva dimensión que propicia alternativas a modelos agotados. La suya es una postura propositiva que hace evolucionar a la acción arquitectónica desde una vocación esencialmente humanista, evidenciando su capacidad para ser raíz desde la que ejecutar una tarea honda de mejora e igualdad social.

sábado 9 de abril de 2011

EL PARAÍSO ARTIFICIAL


Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en el suplemento cultural de ABC, Madrid - Número 992


Jornadas de trabajo de 12 horas durante 6 días a la semana, percibiendo menos del tercio del salario acordado en el contrato. Durante dos años, casi todo ese salario se destina a pagar por sus servicios al individuo a través del cual se consiguió el contrato y a devolver los 2.500€ que supuestamente costó el billete de avión entre el lugar de origen y Dubai (a una tasa de interés anual por el préstamo del 36%). El pasaporte y el permiso de trabajo son confiscados y como vivienda se ofrecen insalubres habitáculos compartidos. 

La reciente reacción de más de un centenar de artistas (muchos de ellos procedentes de Oriente Medio) llamando a boicotear el futuro Guggenheim Abu Dhabi como repulsa por esas abusivas condiciones bajo las que están trabajando en su construcción hombres procedentes de India, Pakistán, Bangladesh y otros países del sur asiático no representa un descubrimiento de esta situación, pero sería deseable que sirviera para mantener delante los ojos del mundo global la evidencia de que los templos del principio del siglo XXI se están levantando a costa de una vergonzosa explotación de seres humanos.

Con su documental ‘The Dubai in me’ , Christian von Borries denuncia esta situación y planteando un enfrentamiento a la realidad de estos supuestos ‘paraísos’ en el Golfo Pérsico desde una mirada que se esfuerza en mostrar desde una visión objetiva y que se logra desde la situación del ojo de la cámara directamente a ras de suelo y no desde las alturas desde la que especuladores y arquitectos (las grandes estrellas –desde la propaganda de Koolhaas a los delirios de ciudades en el desierto de Foster, pasando por los íconos de Gehry, Nouvel y Hadid- y otros de menor lustre, todos ellos herramientas en absoluto inocentes en este escenario y que exaltaron este modelo) que vieron su oportunidad de negocio en esta tierra hecha con la ley del dinero los han contemplado.

Von Borries denuncia que un emprendimiento a la faraónica escala que es Dubai sólo es posible mediante la explotación de esa mano de obra que es atraída hasta allí con promesas fraudulentas, pero su denuncia es asimismo la construcción de una definición de Dubai y un análisis de su razón de ser: “Dubai es una pantalla de proyección con una fascinante peculiaridad: de un lado, es una economía de paraísos artificiales y reales; por otro, es un plato giratorio de capital internacional – disfrazado y oculto tras el velo de un mundo de un lujoso mundo de ocio, un destino de vacaciones para los super-ricos”. Pero Dubai, como afirma von Borries, ‘está dentro de todos nosotros’: es una materialización de la fantasía de una edad de oro cuyo primer territorio ha sido seguramente el espacio virtual de Second Life. “Second Life es el Dubai de una juventud global con acceso a banda ancha. Pero el exotismo de Dubai y de Second Life no debería engañarnos. La planificación espacial y sus ideas inherentes de sociedad son vistas como no-negociables en muchas partes del mundo. La forma más sostenible de política consiste en negar a los ciudadanos vivir una experiencia coherente de espacio”.

En este documental vemos corroborada  la creación de una distópica hipótesis de futuro en la que muchos quisieron creer y cuyo desarrollo (no sólo material, sino también el de su oscura fantasía) auspiciaron.  Von Borries paraleliza y aproxima hasta la fusión imágenes de los escenarios de Second Life y las imágenes digitales elaboradas por Dubai Holding (la empresa propiedad de la familia gobernante en Dubai: ‘el modelo de gobierno es más parecido al de una multinacional que al de una monarquía árabe tradicional’) para mostrar el esplendor arquitectónico y urbano de ese paraíso, de manera que recalca cómo el artificio de esa realidad construida por técnicos expertos en animación digital ha sido para los emprendedores inmobiliarios más importante que la realidad material construida.

Pero esa realidad física tiene en realidad otro aspecto, y lo comprobamos viendo por un lado, cómo el complejo de islas artificiales ‘The World’, que fuera promocionado como una sofisticadísima proeza constructiva sin precedentes (lograda gracias a esa mano de obra sobreexplotada) y destinado sólo para el consumo y disfrute de multimillonarios, han caído en decadencia incluso antes de haber sido colonizadas; y, por otro, a través del efecto del sobrecogedor y angustiante travelling que se prolonga durante más de diez minutos por idénticas calles vacías hechas de edificios que parecen inhabitados. 

Dubai, el paraíso en la tierra para el lujo, no ha sido más que un shopping mall, un insultante espejismo, un lugar que aspiraba a que Paris Hilton invirtiera en fundar allí un hotel o una isla con su nombre, la síntesis de un concepto de evolución material y conceptual que se ha hundido y se ha denigra en la volatilidad de su propio delirio. Al estado indigno en que las personas que han trabajado y siguen trabajando en la construcción de edificios en Dubai es a lo que conduce la ‘modernización post-industrial enloquecida del feudalismo absolutista’. Pero Dubai no es más que la cumbre del paroxismo de la codicia hipercapitalista que explota la mano de obra inmigrante en muchas otras partes del mundo donde hayan posado sus ojos la la especulación inmobiliaria y el lavado de dinero, también España, como concluye en su epílogo Von Borries.

Resulta ejemplar como este realizador ha logrado realizar este análisis crítico del mundo hipercapitalista y reflejar la situación extrema de los trabajadores inmigrantes, huyendo a toda costa de una exhibición sensacionalista de compromiso humanitario –evitando disponer para su propio provecho el testimonio de esas personas-.  ‘The Dubai in me’ posee asimismo una cercanía visual evidente a las publicaciones arquitectónicas que han exaltado el modelo de Dubai, pero replantea esa misma estética, datos y referencias para inducir a un proceso de autocrítica que aniquila la fascinación que éste suscitó, desvelando su falso progreso y su inhumanidad.