sábado 12 de marzo de 2011

LEJOS DEL ARTIFICIO



Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en el suplemento cultural de ABC, Madrid - Número 988
  
El trabajo con tecnologías digitales para procesar madera y el interés por las antiguas técnicas escandinavas de construcción en madera  distinguen la arquitectura de Geir Brendeland y Olav Kristoffersen.

Su estudio nace en 2002, tras ganar un concurso para diseñar unos edificios en el barrio Svartlamoen en Trodheim. Los edificios proyectados para este concurso se plantearon como parte esencial de una nueva regulación urbana para una antigua zona de la ciudad cuya identidad y situación era crítica: surgida a fines del siglo XIX como barriada residencial proletaria, en 1947 fue recalificada como zona de uso industrial, pero la oposición comunitaria impidió aplicar cualquier plan en ese sentido, sumiendo al área en una progresiva degradación hasta que en la década de los 70 se convirtió en refugio contracultural. En 2001 la zona fue recalificada como ‘área urbana de experimentación ecológica semi-autónoma’. 

Las viviendas diseñadas por Brendeland y Kristoffersen son unos edificios construidos con elementos de madera reutilizable, con impacto positivo para el equilibrio de CO2,  producidos industrialmente y que fueron montados directamente a pie de obra, el proyecto -el primero construido con este tipo de procedimiento en el país- ha adoptado estrategias constructivas muy vinculadas a las de las zonas rurales de Noruega:  construcciones que, por su falta de artificio y búsqueda de eficiencia, estos arquitectos describen como ‘sin afectaciones, funcionales y sorprendentemente radicales’.  Aprovecharon asimismo el contexto de este proyecto para proponer edificios capaces de contener una mayor densidad residencial (22m2 por persona frente a la media noruega de 50m2 per cápita), evidenciando la posibilidad de crear viviendas de alta calidad constructiva con un de coste inferior al estándar noruego y cuyos precios de alquiler están igualmente por debajo de la media.  

Políticamente, este proyecto interviene como un claro manifiesto para poner en entredicho las estrategias gubernamentales que ceden a manos privadas el desarrollo de emprendimientos inmobiliarios.  Arquitectónicamente, como una réplica a las dos ideologías predominantes en su país: por un lado el regionalismo noruego, basado en un concepto de arquitectura de autor-genio y que trata de elaborar una interpretación del paisaje natural local a través de viviendas unifamiliares, una postura que ha menoscabado la atención al paisaje urbano noruego y la reflexión sobre las estructuras sociales; y, por otro lado, el predominio de una arquitectura de estética hipersofisticada, artificiosa y más concebida para ser fotogénica que sensible y habitable.  

En el proyecto de tres viviendas para alojar mineros en el asentamiento de Longyearbyen, en el archipiélago de Svalbard (Circulo Polar Ártico), adquiere también importancia la búsqueda de soluciones espaciales que permitan incrementar el nivel de densidad de ocupación. La estrategia adoptada es mantener la sección a través de cada apartamento y hacer que la anchura de cada uno se expanda para poder acoger más espacio habitable. A través de una manipulación de la sección, se insertan tres plantas en el espacio que habitualmente habrían ocupado dos.  De nuevo, la madera es el material principal de construcción, procurando en este caso concreto de condiciones climáticas extremas el beneficio de una construcción rápida y que genera una cantidad mínima de residuos.  El color rojo de las viviendas responde al parámetro oficial para toda la arquitectura de este emplazamiento con el que el gobierno noruego trata de simbolizar su posición de soberanía frente a las disputas que mantiene con Rusia sobre este territorio. Acatando esta imposición, Brendeland y Kristoffersen tratan de enfatizar la abstracción formal exterior de los edificios y simultáneamente minimizar el impacto de la expresión cromática aplicando el color a todos los elementos del edificio. En síntesis, el proyecto es una intensa respuesta a paisaje pero gracias al rigor conceptual y constructivo adquiere una identidad inusitada dentro del entorno arquitectónico al que se incorpora. 

A pequeña escala, la Villa Bongen reitera de nuevo la capacidad de estos arquitectos para maximizar desde la contención, en este caso resolviendo una vivienda unifamiliar cuyos propietarios deseaban que tuviese como materiales predominantes la madera y el vidrio. El proyecto se resuelve como una construcción severa, como una caja construida con grandes elementos sólidos de madera que es sostenida por unas delgadas ‘piernas’ de acero. En este caso, además del estudiado planteamiento para la disposición del programa doméstico, el cuidado estudio de la topografía permitió que dotar a la vivienda, situada en un solar poco privilegiado de una urbanización a las afueras de Trondheim, de una amplia terraza que le proporcionaría unas vistas al paisaje de fiordos vecino equiparable a la que poseen las viviendas de mayor nivel de la urbanización. 

Aunque claramente enraizada en la idiosincrasia escandinava tanto por su materialidad como por su respuesta a las condiciones medioambientales, las experiencias y el posicionamiento de Brendeland & Kristoffersen Arkitekter son referencias extrapolables para la concepción de un modelo arquitectónico con interpretaciones globales en su búsqueda de máxima eficiencia y en la puesta al día de la tecnología y el conocimiento de lo vernáculo. Producen así un manifiesto que hace un llamamiento al sentido común que trasciende la funcionalidad abstracta para pasar a producir un funcionalismo humanizado. Y esto puede considerarse hoy evolución radical.

sábado 5 de marzo de 2011

ARQUITECTOS DE FAMILIA

 
Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en el suplemento cultural de ABC, Madrid - Número 987

 

El desalentador momento profesional al que se enfrentan los arquitectos locales y las nuevas generaciones ha puesto de manifiesto la necesidad de reflexiones de cambio y la articulación de nuevas estructuras para el actual escenario de acción y para que el que vendrá, post-crisis.  Una necesidad que no debe entenderse como una forzosa consecuencia de la explosión de la burbuja inmobiliaria y la actual crisis económica, sino también como la búsqueda de una posición distinta –más cercana y sostenible- de la arquitectura y del significado de ser arquitecto. 


Ejemplo de esta posibilidad es el trabajo que la organización ‘Arquitectos de laComunidad’  viene desarrollando en Uruguay desde hace ya diez años, basándose en el planteamiento que apelaba a un reconocimiento realista del estado de la profesión de arquitecto y de las demandas  de la sociedad en relación a la vivienda para diseñar un modelo de acción consecuente, propuesto por el arquitecto argentino Rodolfo Livingston .

Sostiene este arquitecto: “La gente responde a sus necesidades cambiantes por su cuenta porque los arquitectos están para hacer torres de vidrio. Y en las facultades también se preparan arquitectos para hacer obras grandes, pero el grueso de la energía constructiva y económica no está en la construcción de viviendas nuevas, sino en la infinidad de pequeñas reformas que hace la gente por su cuenta”. Así, convencido de la necesidad de despojar al arquitecto de su aura de inaccesibilidad y elitismo Livingston ha reivindicado la reformulación del arquitecto, creando la figura del ‘arquitecto de familia’ como un especialista al alcance de la población - de la misma manera que un médico o un abogado- valorizando esas acciones de lo que él define como ‘microarquitectura’ (Cirugía de Casas, Kliczkowski, 1990), relacionadas con intervenciones arquitectónicas supuestamente menores pero cuya finalidad es contribuir a hacer  del hogar un espacio de bienestar, adaptado a las necesidades de sus usuarios.


Para subsanar esa brecha entre usuario y profesional y capacitar al arquitecto para saber decodificar la demanda del cliente y responder a sus necesidades reales, Livingston desarrolló en Cuba durante los años 60 un protocolo que ayudase a establecer los canales adecuados de comunicación entre ambos. Éste se concretaría posteriormente en lo que Livingston denominaría el ‘Método’ (Arquitectos de Familia. El Método, Kliczkowski, 2002)  y que, además de en Cuba (donde cuenta con 140 consultorios actualmente), definió diferentes formas de aplicación y arraigo en otros puntos de Latinoamérica. Aún en los puntos fuertes y puntos débiles que puede poseer, el ‘método’ –que posiblemente conviene entender fruto de una época tendiente a la creencia en la estructuración ideológica-, mantiene intacto su potencial como estructura capaz de ramificarse en diversidad de variables capaces de adaptarse a condiciones específicas.


‘Arquitectos de la Comunidad’ en Uruguay , que cuenta hoy con más de un centenar de profesionales asociados en activo, es uno de ellos y evidencia de la factibilidad de aplicación y flexibilidad de este modelo a las situaciones concretas de cada lugar. Su actividad tiene como objetivo constituir un marco protector que resulte beneficioso ecuánimemente tanto para el arquitecto como para el cliente: asegurando para el primero las condiciones para un desarrollo profesional digno y de plenas garantías para el segundo. La organización permite al ciudadano ponerse en contacto con un través de atención telefónica y de establecimientos barriales distribuidos por la periferia de Montevideo y el interior del país, que actúan como consultorios-centros de asistencia y que se encuentran ubicados a pie de calle. Son locales de pequeña superficie, austeros, que  tratan de comunicar la sensación de proximidad y disponibilidad, adonde cualquier persona puede acceder a solicitar asesoramiento en relación a cualquier necesidad de servicios de arquitectura que requiera.

Los arquitectos trabajan en pareja, también con el objetivo de generar una red de experiencias que permitan definir un panorama de discusión y crítica acerca de condiciones reales y plantear cómo aproximar la profesión a ámbitos y situaciones de los que –por un concepto posiblemente equivocado del sentido de su profesión y servicio- ha tendido a mantenerse al margen, y contribuyendo también a difundir un mejor conocimiento del patrimonio arquitectónico local a través de actividades culturales. 


Estas experiencias demuestran que no hacen falta grandes gestos ni discursos pomposos (tramposos) para abordar la dimensión social de la arquitectura. Surge totalmente desligada de nociones de lo social relacionados con la pauperización o la limosna, sino que define la implicación y responsabilidad del arquitecto dentro de la realidad social. 


La razón esencial que subyace en el compromiso de Arquitectos de la Comunidad es la de democratizar y humanizar la arquitectura , enfatizando la valiosa importancia de esa dimensión del conocimiento y el servicio del arquitecto que se ha considerado vulgar, acatada meramente por necesidades pecuniarias y considerada degradadora de aquella supuesta otra alta tarea para la que el arquitecto supuestamente se educa. No excluyente, sino asumible y compatible con la práctica de otras aproximaciones profesionales y conceptuales de la arquitectura, la reivindicación de la importancia del arquitecto de proximidad, cuya concepción de su labor no es exclusiva y necesariamente la de producir nueva construcción sino definir cómo recuperar y reciclar y actuar en servicio de las demandas específicas de la población, propone una idea de sostenibilidad, no meramente en términos de equilibrio ecológico, sino también de una economía sostenible y que conduce hacia un consistente cambio de paradigma.