sábado 5 de febrero de 2011

CAUSA COMÚN


Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en el suplemento cultural de ABC, Madrid - Número 983




El pasado 25 de enero se presentó dentro de Madrid Fusión el Bullifoundation, el planteamiento para una redefinición del concepto de restaurante-laboratorio creado por Ferrán Adrià cuyo objetivo es devenir un pionero think-tank para el desarrollo de una creatividad gastronómica de vanguardia, y del que forma parte el proyecto arquitectónico diseñado por Cloud 9, el estudio dirigido por Enric Ruiz-Geli. 

La expectación ante la presentación de un proyecto arquitectónico que se prometía revolucionario, acorde con el concepto creativo de elBulli, comenzó a modelarse con la primera comunicación emitida, anunciando la alianza entre Ferran Adrià y Enric Ruiz-Geli , reflejando el poder que la propaganda desempeña en nuestra sociedad aplicada a la cocina de los egochefs y la actividad de los star-architects. Ubicuo chef y eterno aspirante a arquitecto estrella en la categoría de visionario posaban en esa nota de prensa en un retrato doble, con sendos atuendos negros y miradas fijas en el objetivo, como comunicando el vínculo de dos mentes visionarias en un mismo concepto creativo (del que no se agotan de recordar su naturaleza de avanzadísima vanguardia).  Al pie de ese retrato se yuxtaponía, como una incidental inducción a analogías, otro retrato de la fusión de otras dos mentes creativas geniales: el de Robert Wilson y PhilipGlass realizado por Robert Mappelthorpe.

La propuesta para elBullifoundation se presentó como un ‘proyecto piloto’ para un parque natural y de arquitectura de cero emisiones, en el que colaborarán las empresas Telefónica y Tecnalia.  Se definiría  como una integración de tecnología avanzada, experimentación y sostenibilidad a través de una serie de nuevas construcciones, que se realizarían con sistemas de fabricación digital, y que estimularían el proceso creativo, la intensidad de la experiencia sensorial y el equilibrio ecológico. El  proyecto transformaría elBulli en un complejo  donde los comedores existentes se convertirían en un archivo histórico y se construiría un nuevo archivo; dos nuevos edificios, denominados ‘Ideario. Tunel del Conocimiento’ y ‘Experiences’,  cuyas formas estarían inspiradas en diferentes especies de esponjas marinas y corales; y tres paisajes artificiales, en uno de los cuales se encontrarían dos árboles capaces de gestionar energía y en otro de ellos se crearía un paisaje marino donde se cultivarían algas que abastecerían al restaurante y producirían hidrógeno.

Aunque se encuentra aún en fase embrionaria, es posible ya analizar y cuestionar tanto ese proyecto como el significado del vínculo Adrià y Ruiz-Geli y sus reverberaciones. El proyecto se envuelve en términos tan efectistas y ambiciosos como ambiguos del tipo ‘arquitectura tecno-empática’, ‘espacios plató’, ‘arquitectura como energía pura’, curar el cambio climático’…  El tipo de términos de la religión de la radicalidad de la innovación y que en lugar de tener significado, tienen una función autoprotectora e inmunizadora ya que formular cualquier crítica a esta supuesta vanguardia, tanto a la encarnada por Adrià como por Ruiz-Geli, ha comenzado a ser invariablemente tachado  como  una reacción de conservadurismo pacato e ignorancia. Quienes se han apropiado y han redefinido los conceptos de ‘innovación’ y ‘creatividad’ en diversos ámbitos en este momento, lo han hecho de tal manera que se ha vuelto imposible cuestionar las manifestaciones etiquetadas bajo ellos, a riesgo de que hacerlo sea interpretado como una oposición a la experimentación y la evolución  y a la convicción en la posibilidad de incrementar los límites materiales y teóricos de la arquitectura a través de su relación con la tecnología. Una ferocidad contra el cuestionamiento que ha llevado a no reconocer que tras determinada suerte de vanguardismos no subyace más que una reivindicación artificiosa y estrictamente elitista de la sofisticación. 

En su búsqueda técnico-conceptual Ferran Adrià ha trasladado a la cocina a otra dimensión, haciendo que se transforme en una manifestación –oscilando entre experimentación artística y científica- que precisaría tal vez la acuñación de otro calificativo (los volúmenes dedicados a elBulli editados por ACTAR y Phaidon aproximan a esa definición y práctica de su concepción). Pero en el campo que aquí nos concierne, el de la arquitectura, el velo de este pseudo-cientificismo-tecnología esta encubriendo al especulador, a una especie de trilero que ajusta sus opiniones a las necesidades de última hora de la más extrema vanguardia para reafirmarse persistentemente como el definitivo visionario de la revolución. 

Las simulaciones gráficas de estos planteamientos arquitectónicos pueden aparecer revolucionarias para un lego de la arquitectura –lo cual es seguramente el caso de Adrià- pero la realidad es que Ruiz-Geli, envolviendo en ese lema de tecnología , emoción-sensitividad y sostenibilidad, permanece anclado en experimentaciones desarrolladas en la década de los 90, cuyo momento álgido reflejó la exposición ArchitecturesNon Standard en el Centre Pompidou inaugurada a fines de 2003 y que hoy se refugia bajo el concepto de parametricismo (postulado por Zaha Hadid y Patrick Schumaher). El problema principal de ese formalismo, que surge a través de las representaciones especulativas realizadas a través de software, y como es el caso de la propuesta de Cloud 9 se fundamentan en analogías orgánicas, ha terminado generando, en los casos en que han sido construidas, parodias de sí mismas, puras escenografías que distan mucho de la posibilidad de aportar consistentes nuevos conceptos espaciales de habitar y sensoriales. Esa elevada terminología se materializa en propuestas de superficie, débiles, puesta al servicio del deseo del dogma de la innovación –como en el caso de la, aún inacabada, Villa Nurbs de Ruiz-Geli-. Arquitectura de simulación, que entra por los ojos del espectador y que se activa como un parapeto a un auténtico cambio paradigmático y que no hacen sino desviar un auténtico profundo desarrollo de la arquitectura contemporánea en la que debe ir más allá de respuestas en formas de virtuosismos formales y analogías literales.

Seguramente el concepto de arquitectura de Ruiz-Geli sea la traducción más exacta del concepto gastronómico que ha desarrollado Adrià. Seguramente Ruiz-Geli ha planteado la perfecta escenografía para el universo Adrià, pero algo se delata tras ella: y tal vez sea el constatar que aquí innovación y creatividad no sean sino una impostación de la complejidad que aboca a la banalidad. 

 













 







Richard Hamilton y Vicente Todolí (eds.), Comida para pensar. Pensar sobre el comer, Barcelona: ACTAR, 2009.

martes 1 de febrero de 2011

GEHRY, OTRA VEZ


Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en el suplemento cultural de ABC, Madrid - Número 981


Sin el menor lugar a dudas, el Museo Guggenheim de Bilbao de Frank Gehry marcó un punto de inflexión fundamental en la arquitectura de finales del siglo XX, tanto por la morfología y materialidad del edificio como por su efecto global. Supuso asimismo otro punto de inflexión en la carrera de este arquitecto, que logró construir ese edificio por su férreo convencimiento, capacidad y su destreza para convencer a políticos, gestores y opinión pública, demostrando que aquel lenguaje funcionaría y generaría un impacto que transformaría la percepción cultural sobre el poder de la arquitectura.
 
Sin embargo, hoy, en el ocaso de los arquitectos-estrellas, la obra de Frank Gehry es el ejemplo claro (seguramente, porque de todos los arquitectos estrellas es el que más popular y mediático) de cómo se puede quedar prisionero del éxito.  Su obstinación y audacia devinieron en una complacencia que le ha hecho permanecer anclado en aquel punto narcisista de gloria, sin desear o sin permitirse arriesgar y evolucionar (tal vez sea el fascinantemente torturado edificio para el Centro de Investigación Neurológica Lou Revo, recientemente finalizado en Las Vegas, una excepción – pese a la cuestionable positividad del efecto de esas formas para una clínica que acoge a pacientes aquejados de enfermedades cerebrales.) 

Por esa razón, la presentación de un nuevo edificio de su autoría suscita ya una cierta sensación de deja-vu. Aunque con interés, ya no se aguarda a Gehry con expectación sino con el desapasionamiento con el que se recibe una sorpresa totalmente previsible, y en este sentido, la presentación de su proyecto de un edificio para la Universidad de Tecnología de Sydney (Australia) no ha sido una excepción.  

La maqueta, que fue presentada recientemente, corrobora que este gran arquitecto de la desmesura, la ironía y el despilfarro formal (una imagen que quedó certificada y también plasmada en su cameo simpsoniano) ha quedado definitivamente encerrado en su inconfundible sello de autor, al que parecería haberse subordinado no tanto por afirmación de individualidad como por negocio: “Trato de explorar, para que los edificios no parezcan iguales, pero es imposible no dejar tus huellas. Eso es inevitable. Puede reconocerse el trabajo de los artistas, y el trabajo de los arquitectos. Creo que eso hace al cliente estar seguro de que vamos a entregarles algo único”. 

El edificio ocupará un emplazamiento en una extensión del campus principal de la Universidad de Sydney y se concibe desde la doble dimensión de ser un edificio singular que es no sólo representativo de la identidad de una institución, sino que también aspira a convertirse en un referente urbano, puesto en relación con emblemáticos edificios locales y, el otro referente icónico de Sydney, el Auditorio de Ópera de Jorn Utzon. 

Con el nombre oficial de Dr.Chau Chak Wing Building, en honor al filántropo chino que ha entregado a esta universidad un donativo de 19 millones de euros, pero apodado la ‘Casa-Árbol’ como una metáfora a su apariencia y al concepto según el cual Gehry lo ha planteado (‘un tronco como centro de actividad y ramas, donde las personas pueden conectarse y realizar su trabajo’), ocupando una superficie de 16,030m2 y con una elevación de once plantas, el edificio tendrá dos fachadas con carácter distinto: la fachada este estará construida en ladrillo en un color similar al de la piedra arenisca local, curvándose como si se tratara de un material dúctil, la textura será rugosa para enfatizar el carácter del material. La fachada oeste está hecha de grandes placas de vidrio, que reflectará los edificios colindantes. Torres de ladrillo se alzarán en las esquinas. 

No pasa por alto el énfasis de la institución para afirmar que el edificio se ha concebido de ‘dentro hacia afuera’, dando a entender que la atención a las exigencias funcionales del edificio han primado en todo momento sobre la forma y se trata de un proyecto de colaboración equilibrado en el que el arquitecto se pone al servicio de los mejores intereses de la universidad, pero frente al que inmediatamente se yuxtapone la orgullosa proclamación de que la universidad construirá el ‘nuevo ícono de Frank Gehry’

Desley Luscombe, decana de la facultad de Diseño, Arquitectura y Construcción de la universidad articula los argumentos de Gehry: “un buen diseño permitirá a la institución pensar a través de sus aspiraciones, evaluar qué actitudes dependen de determinantes espaciales y buscar consejo para no poner trabas a sus auténticas aspiraciones”.  Argumentos que reiteran los planteamientos del Stata Center del MIT, diseñado en 2004, y en donde Gehry trataba de proponer nuevas soluciones espaciales que respondieran a las actuales necesidades de relación e interactuación entre los alumnos y docentes  e instigase en los estudiantes la determinación de ser creativos e innovadores. Factores de naturaleza conceptual  y que hablan de la clara comprensión de Gehry respecto al compromiso de la arquitectura para generar espacios capaces de introducir nuevas sinergias en lo urbano y reflejar e incentivar las nuevas dinámicas individuales e interpersonales contemporáneas; y que, más allá de la ensimismada iconicidad y el formalismo, debieran igualmente constituirse como el punto fuerte de este nuevo edificio, cuya construcción comenzará el próximo año.

Indudablemente Gehry pasará a la historia de la arquitectura como el gran provocador de un tiempo que posiblemente se comprenderá como bisagra donde el artificio formal y la búsqueda desmesurada hacia la espectacularización y la iconicidad llegaron a su paroxismo. En su caso, con genialidad y grandes dosis de arquitectura. Pero aunque admirable, cuestionable e imprescindible, con este nuevo edificio Frank Gehry  corrobora cómo paulatinamente ha ido dejando de ser referente de nuestro tiempo, en el agotamiento y reiteración de un lenguaje que ha pasado de ser iconoclasta a previsible.