Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en suplemento 'Cultura/s', La Vanguardia, Barcelona - Número 485
En
el modo en que el sentido concreto del significado de una palabra puede
entenderse en claridad al percibirlo reconocido en los matices de la
acción de un individuo, Carlos Quintans (Senande-Muxía, 1962) encarna
ese sentido en el que la palabra sensibilidad significa cuidado,
claridad y respeto. Su casa en la aldea de Paderne, en la Sierra de O
Courel (Lugo), una construcción en la que se reconocen algunos de los
rasgos que este arquitecto considera persistentes en su trayectoria, sea
posiblemente la ocasión donde quizás esa sensibilidad se manifieste con
una evidencia particularmente nítida.
Formado en la Escuela de Arquitectura de A Coruña, establecido su actual estudio en solitario en 2002 en esta misma ciudad, además de su dedicación a la docencia Carlos Quintans es un personaje clave en la dinamización del debate arquitectónico en el panorama gallego y español, con actividades entre las que destacan su tarea como co-director de la revista Tectonica o el proyecto de reflexión urbana para Santiago de Compostela, A cidade intuida.
Con
obra mayoritariamente localizada en Galicia, Quintans se reconoce
ligado a muchas de las condiciones que definen esa situación (“la humedad, las variaciones de luz y en el cielo, la niebla, la difuminación del paisaje, la violencia de la naturaleza…”)
y que busca incorporar a su arquitectura con objeto de explorar la
articulación de relaciones variables entre espacio interior y espacio
exterior, cómo esos efectos cambiantes del clima gallego pueden incidir
en la expresión construida de formas y materiales. Cuando Quintans alude
al deseo de lograr crear arquitectura que “provoque nuevas emociones, que enriquezca estados de ánimo y sensaciones”
no habla de perseguir una sofisticación perceptual o sensorial
forzada, sino de redescubrir la intensidad compleja de lo primario.
La
Casa en Paderne toma los fundamentos de piedra de un antiguo pajar y
construye sobre ellos una estructura de madera. Es un volumen nítido, ‘sincero, donde no se quiere esconder nada’, de expresión sosegada.
Una síntesis formal que le permite llevar al máximo la posibilidad de
abstracción en el interior para evitar fragmentaciones y lograr así el
pleno aprovechamiento y sensación de grandiosidad para una vivienda de
apenas 100m2. Quintans manifiesta que la disposición de las dependencias
de la vivienda (dormitorios abajo y la sala de estar, arriba) es un
homenaje al concepto planteado por Alejandro de la Sota para la Casa
Domínguez (Pontevedra, 1976) pero se reconoce igualmente patente también
la influencia de Manuel Gallego – con quien Quintans trabajase-, quizás
particularmente de su Casa Familiar en Oleiros (1979).
Queriendo “encajar lo nuevo en lo existente”,
Quintans logra no quebrar la impresión de tiempo detenido que envuelve
ese lugar mediante las virtudes de una acción contemporánea que sabe
recrear la atemporalidad sin forzar la sublimación. El gran ventanal que
sirve como privilegiado mirador hacia el bosque interviene para crear
la sensación de gran amplitud espacial, pero es también el elemento que
coloca al habitante en una relación emotiva y reflexiva frente a dicho
paisaje y esa noción subjetiva – surgida de un verso de Uxio Novaneira: ‘Aquí se siente bien poco lo que es un hombre’-, estableciendo una continuidad con la latencia de esas emociones frente al paisaje y el tiempo.
Junto
a otras de sus obras, como la Casa en Gandarío o la recientemente
finalizada Guardería Eiris, esta casa es también quizás una construcción
que, dentro del panorama más en presente de la arquitectura española,
pueda leerse ejemplo de un proceder arquitectónico de honestidad de
largo recorrido; de una actitud en la que se reconoce inalterada una
concepción de la arquitectura basada en ese personal sentido de la
sensibilidad y en el del esfuerzo de la responsabilidad, cualidades que
parecen dos de las claves necesarias para sustentar una ideología del
compromiso –libre de dogmatismos- en la que se redefina y refuerce el
valor de la arquitectura y el arquitecto hacia las nuevas direcciones
que se abren más allá de las incertidumbres del actual estado de crisis.
Fotografía: Ángel Baltanás
Fotografía: Ángel Baltanás

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