sábado 24 de julio de 2010

JUGAR EN SERIO





Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABCD las Artes y las Letras, ABC, Madrid - Número 959
 


Ángela Ruiz y Pedro Romera definen su actitud como arquitectos como “positiva, juguetona y perseverante, abierta a la innovación aun sabiendo los riesgos”.  Ésa es la actitud que marcaba el concepto subyacente en la exposición ‘Juegos Prohibidos’, que pudo visitarse en el Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria durante el pasado mes de marzo,  y en la que estos arquitectos mostraron  una síntesis de su primera década de trabajo conjunto . En ella, la disposición de los elementos expuestos como un ‘amueblamiento flexible, sin determinar recorrido alguno’, buscaba subrayar el espíritu de un modo de hacer que se traduce en un compromiso responsable con la producción de una arquitectura de cercanía, de belleza accesible y disfrutable.  

Al afirmar su ‘búsqueda de la sencillez depurando la complejidad’ , evidencian comprender que toda abstracción conceptual que sustente el trabajo de concebir la arquitectura debe saber encontrar y manifestar su profundidad mediante una respuesta lógica y eficiente en lo construido.  La idea del asumir el acto de hacer arquitectura como un complejo juego inagotable,  donde el jugador aprende con cada partida a percibir y a manejar la ausencia de límites con la que desarrollar estrategias para seguir jugando,  afirma la vocación de sustentar su actividad en la experimentación – ‘aventurarse a explorar nuevos territorios y procesos’- , refleja no sólo la predisposición positiva con la que han afrontado el reto de trabajar con presupuestos reducidos sino que afirma también el reconocimiento de su posición dentro de un estado de realidad que se define esencialmente en un ‘flujo de situaciones cambiantes’,  a la que la arquitectura debe ser capaz de responder.  Una concepción que posiblemente imbuye al edificio de una sustancia de transitoriedad (intrínseca al espíritu del momento presente) pero en la que simultáneamente se hace adquirir a la arquitectura, desde una nueva dimensión, la función de intervenir como un elemento organizador de un orden catalizador de las sinergias fluidas y líquidas del presente.

Con el juego como una herramienta mental para interpretar la realidad, Romera y Ruiz constatan la factibilidad de producir una arquitectura de imaginación realista: de motivación social y en la que subyace permanente la dimensión amplia de lo humano a un nivel físico y emocional, hibridada con la inquietud de lograr rigor y delicadeza en el diseño.

El empeño en lograr una arquitectura contextualizada sea posiblemente el eje inmutable desde el que elaborar y redefinir esas reglas que les mantienen en el proceso de juego. Cada uno de sus edificios posee su propia naturaleza, específica e intransferible, pero en las que se percibe inconfundiblemente cómo ,utilizando métodos de acción plenamente actuales , retoman los valores que la arquitectura hizo intrínsecamente propios durante el Movimiento Moderno, como son la responsabilidad ética del arquitecto y la primordial dimensión de la arquitectura  como artífice del bienestar y progreso social,  sumando a ello la investigación con cuestiones que son totalmente inherentes a las exigencias de este momento, como el uso racional de materiales y métodos constructivos a favor de una sostenibilidad coherente y de fundamentos reales, la atención a los cambios y transformaciones produciéndose a nivel socio-cultural, que exige a las estructuras arquitectónicas dotarse de flexibilidad.

Luz, color, el paisaje en su conjunto y sus elementos particulares…aparecen convertidos en componentes cruciales de la arquitectura de Romera y Ruíz en cada una de esas partidas de juego, donde su actitud positiva les permite desarrollar la creación de espacios que procuren un ‘bienestar amable’, como en el caso de sus viviendas, o que logran encarnar el espíritu de espontaneidad ingenua de sus usuarios protagonistas en proyectos cuyos usuarios protagonistas son niños.

En ‘8 casas inscritas y 3 patios’ (Santa Lucía de Tirajana, Las Palmas)  proponen un interesante modelo de vivienda social, manejando las posibilidades de un edificio inscrito en el interior de una manzana, creando diferentes estratos de uso privado y colectivo. El propio proyecto trata de ser reivindicación de cómo ‘es posible realizar una arquitectura con cualidades desde lo local y con escasos recursos: sólo es preciso agudizar el ingenio y dedicarle tiempo’. Así, Romera y Ruiz proponen un espacio doméstico donde la presencia de la luz y la visión del cielo se convierten en sencillos poéticos protagonistas, pero los diferentes colores de los patios (azul, amarillo y verde) son los que promueven la transmisión de sensaciones. Igualmente,  la fachada se convierte en un volumen plegable, cromático, que evita plantearse como un límite externo y que es capaz de ayudar a la autoregulación climática del edificio.  

El proyecto de una casa en Santamargarita en Marzagán (Las Palmas)se concreta también en un diálogo con la luz del sol y el paisaje circundante como protagonista y en la creación de un espacio interior de sorprendente verticalidad.  Por su parte, el Centro Dotacional de El Lasso (Las Palmas), se plantea como un límite que construye el encuentro entre un jardín y un mirador hacia el mar, (ambos propuestos por los arquitectos, como remate de la cabeza del barranco, donde se ubica la parcela municipal objeto de la intervención, en este caso nos inventamos, también, el lugar para el edificio) plantean una negociación con el territorio dado, donde la calle de tráfico rodado y la topografía definen la forma y el lugar

En su intervención en la Escuela Infantil La Herradura (Telde, Las Palmas) yuxtaponen a la rigidez del edificio original un paisaje de colores vivos, que crea un ámbito propicio a la vivencia de la fantasía mediante la incorporación de una cubrición planteada como una especie de pieza de puzle, que apenas se posa sobre el edificio, y que hace que la luz se transforme en un salpicado cromático que dota al lugar de un carácter totalmente renovado, creando un lugar-escenario para juegos donde los únicos elementos del exterior a los que se permite acceso son los árboles y las nubes.  Un planteamiento de audacia imaginativa, como surgida de un juego de reidentificación con la percepción infantil de la realidad, que también se percibe en el proyecto para la guardería El Caracol (Telde, Las Palmas), donde se plantea un edificio aparentemente alusivo a la morfología de microscópicas formas celulares, y que toma su inspiración en los restos de invernaderos que ocupaban el lugar, invitando con complicidad protectora a los niños a jugar y relacionarse con los elementos naturales a través de él, crear un espacio vital para ellos.

Una actitud positiva que sabe imbuir de un optimismo pragmático (no ingenuo ni frívolamente idealista) a su arquitectura, y les guía para desarrollar ese esfuerzo de depuración de la complejidad  para lograr la sencillez, cobijando en la conceptualización y resolución de cada proyecto la seriedad de su juego.

lunes 5 de julio de 2010

MÁS ES MENOS. REFLEXIONES TRAS UN CONGRESO





Fredy Massad

El siguiente texto es una reflexión realizada tras la celebración del congreso 'Arquitectura: Más por Menos'.
Como introducción previa, invitamos a leer el artículo Reunión urgente.

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1. UN CARTEL DE LUJO

Como introducción preliminar valga referir la anécdota que sucedió durante una entrevista que se emitió en CNN+ dos días antes de la inauguración del congreso ‘Arquitectura: Más por Menos’: durante la conversación con Luís Fernández-Galiano, director del congreso, el periodista Iñaki Gabilondo sufría un lapsus y olvidaba el nombre de Francisco Mangado, el arquitecto al frente de la Fundación Arquitectura y Sociedad, organizadora del congreso. ‘Patxi…he olvidado su apellido. El arquitecto estellés’, se esforzaba por no titubear Gabilondo, en un lapsus involuntario que no resulta intrascendente, puesto que es posible interpretarlo como una reacción que desvela el desconocimiento que, a nivel general, tiene la sociedad acerca del mundo de la arquitectura.

Es muy posible que ese lapsus no hubiese sucedido nunca al hacer referencia a un cantante, a un escritor, a una estrella de cine o un deportista. El gesto era una evidencia del hecho que la arquitectura y la discusión sobre ella parece ser algo que ha acabado sólo importando a los arquitectos, situándose muy al margen de la sociedad.

Sea tal vez con intención de subsanar esa alienación de la arquitectura en su propia esfera endogámica y evitar que el congreso quedara reducido a ser una reunión de arquitectos sin mayor trascendencia, o por una torcida comprensión de lo que significa otorgar prestigio a un evento, el tándem Luís Fernández Galiano - Patxi Mangado (director y promotor del congreso respectivamente) optó por envolver de un boato que incluyó una apertura a cargo de miembros de la realeza española y la confección de un cartel de participantes donde se destacaba la presencia arquitectos laureados con el premio Pritzker, dos exministros, los decanos de las escuelas de arquitectura de las Universidades de Harvard y de Columbia y dos miembros del jurado de los premios Pritzker; de manera que se dotara de grandeza y repercusión mediática a lo que, en principio, se presentaba y se esperaba que fuera un encuentro para propiciar el necesario cambio de rumbo que desatasque a la arquitectura de ese callejón sin salida al que ha sido llevado en los últimos años y la reconduzca a un encuentro con su compromiso social desde el que construir un nuevo territorio arquitectónico de contemporaneidad.
 


2. ¿CON LAS MEJORES INTENCIONES?

Por la necesidad de la realización de una convocatoria de este tipo, este congreso suscitaba interés y expectativas.

Bajo el lema ‘Más por Menos’ se planteaba investigar cuáles serían las claves para una arquitectura “más justa y eficiente, capaz de enfrentarse a los periodos de crisis y de optimizar los recursos para lograr más calidad con menos coste”. Ésta podía aparecer, a primera vista, una proclama bienintencionada, adecuada y oportuna.

Sin embargo, al aproximarse más a él, ‘Más por Menos’ comienza a aparecer como un lema excesivamente ambiguo y reduccionista, cuyo planteamiento resulta del todo insuficiente para contener y expresar la profundidad de los cambios que de hecho son necesarios en este momento para la arquitectura: la arquitectura no requiere hoy por hoy solamente de mayor eficacia a menos coste (algo que sería una mera cuestión funcional, coherente con las necesidades de un tiempo de recesión económica). La honda crisis de ideas, de pensamiento, de crítica…que afecta a la arquitectura viene palpándose desde hace tiempo (y era un síntoma definitorio de ese reciente tiempo eufórico de excesos arquitectónicos). Las alarmas han saltado sólo cuando esa grave crisis de fondo ha colisionado con la crisis económica.

Este tiempo que ha propiciado la necesidad de iconizaciones y de divinizaciones debe ser leído más allá de su superficie. Es momento de que comencemos a ver esos edificios más que como muy criticables desperdicios materiales que han incurrido en la más absoluta inutilidad al poco de su construcción, para comenzar a analizar su obsesiva grandilocuencia como un símbolo del extravío en que nuestra cultura ha ido sumiéndose a lo largo de este periodo.

Por ello, cuando el congreso comenzó a publicitarse (y exhibir su aval de prestigio y trascendencia) sin tomar realmente distancia de esa cultura del espectáculo, de la grandilocuencia arquitectónica, sino mediante la llamativa noticia de la concurrencia a él de varios arquitectos laureados con un premio Pritzker y de muchas otras figuras que habían sido participantes, de una u otra manera, de la fiesta de la abundancia hipercapitalista y el espectáculo de la arquitectura icónica, parecía fundamental formularse una primera pregunta esencial: qué interpretación y utilización se trataba de hacer de este estado de crisis en este congreso. ¿Iba a ser este congreso la ocasión de que esas figuras formularan una reflexión autocrítica o se acabaría convirtiendo éste en otro escenario que se abría para facilitar oportunistas amnesias y sus metamorfosis en profetas de la sostenibilidad y la responsabilidad social?

La primera respuesta es que durante ‘Más por Menos’, lamentablemente, fue imposible vislumbrar en ningún momento la intención de poner en crisis un modelo agotado y auto-condenado a su propio colapso. De una manera muy clara, este congreso ha corroborado cómo la supuesta reflexión acerca de ese periodo de fanfarrias arquitectónicas no ha hecho sino convertirse en un atractivo recurso para aparentar la emergencia de una supuesta reflexión crítica con visos de ansias de renovación y cambio pero que no es sino otro atractivo y muy políticamente correcto objeto de consumo mediático y de convenientemente posicionamiento para este momento. Una postura que, como una peligrosa y absurda paradoja, viene formulada además por muchos de los personajes pertenecientes que auspiciaron ese sistema del que hoy estarían renegando, tras haberse nutrido de él.

Esa supuesta postura crítica de reacción se posiciona desde una actitud que se siente salvaguardada y legitimada por la respetabilidad ética que parece inherente en la negatividad de la crítica que emite. Vitupera los efectos y actitudes de la arquitectura del star-system pero enroscándose en una postura superficial y meramente anecdótica, sin acometer una autocrítica que permita comprender hondamente porqué lo que denominamos ‘alta arquitectura’ ha cambiado la reivindicación humanista y social de la modernidad por el cinismo del 'todo vale' neocapitalista. Pero que además, y principalmente, está absolutamente ciega a la evidencia de que esos procesos que han definido la arquitectura de este periodo han sido, pese a su negatividad, efectivamente transformadores y han sentado las bases desde las que será necesario dar el paso adelante para reformular en positivo la presencia y definición activa de la arquitectura en la sociedad contemporánea.

‘Más por menos’ ha afirmado las estructuras de la espectacularidad contra las que supuestamente su premisa de base reaccionaba. De otra manera, qué sentido tenía convocar a unos arquitectos que han tenido un protagonismo de primer nivel presentándoles a través del lustre del Pritzker. ¿No han acabado siendo los Pritzker uno de los factures cruciales para fomentar esa cultura del espectáculo arquitectónico que -parecía sobreentenderse - era algo contra lo que ese lema e intenciones de este congreso pretendían reaccionar? ¿Tiene sentido, por esa misma razón, seguir otorgando credibilidad y sumo prestigio al premio que otorga una fundación privada, propiedad de una cadena hotelera?

No obstante, si algún aspecto paradójicamente favorable pudo extraerse de esa concepción del debate desde la espectacularidad fue comprobar cómo muchas de las voces que han tenido de un mayor peso durante esa era de excesos fueron puestos en evidencia, por su propia vanidad e inanidad, como individuos aislados en una esfera situada absolutamente fuera de este tiempo, dejando patente cómo la arquitectura necesita un profundo cambio de actitud y que éste no va a proceder de ninguno de esos que han detentado la hegemonía durante ese periodo que ha acabado conduciendo a la arquitectura a estado comatoso.

Podría pensarse que el congreso de Pamplona se planteó como una tapadera, como una huida hacia adelante donde el conformismo y la frivolidad de los discursos, con honrosas excepciones, fueron preocupantes escudos defensivos. En ningún momento, se trató de abrir el debate y se dio cabida a voces discordantes o discrepantes, acalladas desde la propia concepción de un panel en el que los acuerdos ideológicos o la corrección política impidieron crear puntos enclaves sobre los que cimentar una discusión creativa y productiva.

La ausencia de auto-crítica y la marketinización de los discursos -dando más la sensación que, antes que a colegas de profesión, algunos de los ponentes se encontraran se encontraran ante clientes (ante quienes no es bueno plantear dudas)- envueltas en una actitud de auto-satisfacción y complaciente conformismo fueron, lamentablemente, las constantes predominantes. La postura inmovilista y el espíritu corporativo del diseño de Luís Fernández-Galiano convirtió a la mayoría de los debates más en amables tertulias que en conversaciones-discusiones entre profesionales que, ante la urgencia de la perspectiva de futuro, deberían haber practicado una disección del statu quo sin temores y en profundidad. Los únicos momentos más críticos o revulsivos surgieron casi por casualidad y no por inducción.


 

3. TRES PRITZKER TRES

De Renzo Piano pasó inadvertida posiblemente su confesión más sincera: ‘estoy perdido hoy’. Aunque pasó a hacerlo patente con un discurso plano, intentando en todo momento justificar la validez de su arquitectura sin que hubiera necesidad de ello, puesto que a estas alturas nadie duda del que ha sido su buen hacer como arquitecto. No obstante, sus intentos de persuasión para presentarse como un arquitecto sostenible avant-la-lettre fueron demasiado forzados, máxime cuando recurrió a un retrato suyo navegando en su velero para impresionar al auditorio sobre su interpretación high-class de sensibilidad ecológica y compromiso con la sostenibilidad . Su intervención pareció sugerir que su interés en este congreso se concentraba en el intento de tratar de mantenerse como una figura de vigencia en el escaparate arquitectónico.





Quienes seguimos la trayectoria de Herzog & de Meuron, desde sus principios hasta la fecha, seguramente no esperábamos que Jacques Herzog pudiera sorprender con un discurso de talante social, pero había sin duda cierta expectativa por ver cómo afrontaría responder y acomodar su discurso en el tema de este congreso un arquitecto que, particularmente en los últimos años, se ha ocupado en producir una arquitectura de esnobismo y para regímenes de talante autoritario.

Herzog comenzó su defensa mediante el ataque: argumentando que el lema del congreso le parecía ‘estúpido’, pero sin molestarse en razonar por qué había acudido hasta allí o en plantear un posible concepto alternativo a éste. Supo, con habilidad, ocultar bajo la alfombra los edificios más excesivos del estudio (como el Estadio Olímpico de Pekín o, dos proyectos actuales, como el Edificio de Oficinas BBVA en Madrid o la Torre de París, el condominio Bond 40 o el proyecto para la torre en Leonard Street ambos Nueva York …o sus incursiones en megaproyectos como el de ser patrocinador de ORDOS 100: una urbanización construida para proporcionar a millonarios viviendas de lujo). En Pamplona, Herzog persistió en su huída hacia adelante culpando a promotores y dio una lección de cinismo a la que nadie se atrevió a replicar, salvo Glenn Murcutt, pero tal vez tímidamente. La pequeña discusión que surgió entre ambos quedó finalmente en una anécdota.

Herzog ofreció como burdo razonamiento acerca de la iconocidad de la arquitectura de los últimos tiempos el hecho de que también durante el Barroco los papas propiciaron la monumentalidad de la arquitectura, encarnada en Bernini. Pero se distrae flagrantemente el suizo al no comprender la obvia imposibilidad de la analogía al tratar de paralelizar conceptos de sociedad y cultura totalmente distintos, sobretodo entendiendo que la gran apuesta por lo social (con sus luces y sus sombras) tras haber atravesado la Modernidad no puede haber sido borrada de un plumazo en los últimos veinte años.

Glenn Murcutt dejó claro que es un buen arquitecto, un profesional responsable, y mostró una grandeza humana expresada con una actitud de cercanía que parece ya imposible en figuras de este nivel. No obstante, en su intervención evidenció cómo ha sido superado por un presente tecnológico, mostrando ciertas reacciones tal vez excesivamente conservadoras, unos planteamientos que solamente pueden ser viables en casos como el suyo, una rara avis, que trabaja en solitario, dibujando a mano. Murcutt dejó una buena sensación: es un ejemplo inspirador en un sentido trascendental de la idea del arquitecto y sus valores éticos, pero desafortunadamente no transmitió opiniones o soluciones verdaderamente aplicables que ayuden como referencia a cómo articular el futuro de la profesión. De su intervención, nos quedamos con el valor su espíritu.

Murcutt dejó una lección más conceptual que práctica, que a pesar de plantear de una forma conservadora las formas de hacer, nos induce a recordar la necesidad de recuperar la voluntad ética de la arquitectura conquistada durante el siglo XX. Posiblemente ésta sea la misma sensación que transmitió la muy interesante ponencia de Víctor López Cotelo.

Anne Lacaton y Matthias Sauerbruch describieron con corrección, pero sin excesiva implicación, sus proyectos. Lo mismo sucedió con la exposición de Carlos Jiménez, miembro del jurado del Premio Pritzker, o de David Chipperfield. No obstante, permaneció la sensación de que estas eran ponencias que podríamos haber escuchado en otros ámbitos. El auténtico interés que había en su participación debería haber surgido durante los diálogos-debates, que en su mayoría fueron desfortunadamente moderados como dialogos cargadas de intrascendencia, más centradas en los elogios y la palabra amable que en un intento de revisar y analizar el presente comprometidamente.


4. NECESITAMOS OTRO NUEVO HÉROE


José María Fidalgo (ex secretario general de CC.OO.) elogió como ‘arquitectos tercermundistas’ a los ponentes procedentes de lo que denominó ‘países pobres’, un estereotipo preocupante ya que es absolutamente erróneo concebir como ‘países pobres’ a Chile o Colombia, puesto que no lo son: se trata en realidad de países que padecen de una grave descompensación social, pero que en modo alguno son ‘países pobres’.

El arquitecto carismático y fashionable por excelencia (esto es, Jacques Herzog) había desencantado al auditorio con su intervención, pero un potencial digno sucesor estaba a punto de subir a escena: Alejandro Aravena, que se transformó en una de las absolutas figuras del congreso.

Para una sociedad que necesita encumbrar héroes y nuevas narrativas sobre ellos, Aravena se perfila como un ideal héroe para este momento.
No obstante, a veces es necesario ser un aguafiestas, y exponer la falacia de las ilusiones en las que el público quiere creer. El perfil de Aravena se cimenta sobre trampas y, a poco que se escarbe, se descubre el engaño.

El caso de este arquitecto chileno (León de Plata al arquitecto más prometedor en la Bienal de Venecia en 2008, y miembro del actual jurado de los premios Pritzker) es interesante, puesto que ilustra cómo supo acomodar muy hábilmente su intervención a la temática del congreso, utilizando su perfil más aparentemente comprometido, mediante la firma ELEMENTAL, su buque insignia, su ‘do-thank’ como él lo denomina; mientras que, como un gran prestidigitador, supo dejar para otro momento más indicado sus proyectos de otra naturaleza, convenciendo al auditorio de que el de arquitecto social es su único perfil.





En consonancia con el congreso, Aravena mostró su amanerada faceta social, dejando de lado otros edificios firmados por él, y que difícilmente se encuadran dentro de ese perfil. Tras una larga disertación sobre Chairless, un modelo de silla diseñada para Vitra, que según él mismo explicara es un diseño utilizado por los indios ayoreo (que habitan en territorios entre Bolivia y Paraguay) - a quienes dijo que donaba parte de los beneficios obtenidos- y sobre el reciente terremoto de Chile explicando una forma de transportar agua dentro de un neumático. Mediante la exhibición de esta ‘silla’, Aravena mostraba, casi sin quererlo, su filosofía: copiar diseños simples y envolverlos en un estuche ‘cool’, tal y como ha hecho de las viviendas de la Quinta Monroy (Iquique): la apropiación de un diseño simple, y ya aplicado, pero que él impregna de un halo mediático de conciencia social a gusto del siglo XXI para presentar su proyecto para la construcción de unas viviendas en las que reasentar a cien familias en la misma área que habían estado ocupando ilegalmente durante treinta años, cuyo concepto se basa en el modelo denominado ‘vivienda incremental’: el arquitecto lleva a cabo el diseño y construcción de base, las viviendas se entregan sin finalizar, quedando a cargo del propietario incrementar la superficie construida según sus propias necesidades.

En el discurso de Aravena fueron emergiendo opiniones más coherentes con un alegato al marketing y a la idea de una arquitectura – limosna. Con sinceridad, confesó haber encontrado en la arquitectura social el factor a través del que otorgar relevancia a su trabajo; confesó no ser un altruista ni tener intención de que ELEMENTAL se convierta en una ONG. Y ocultó o dijo en voz muy baja, que su compañía está financiada por la principal empresa petrolera privada de Chile, COPEC; que los modelos de vivienda incremental no son un descubrimiento suyo, sino que llevan aplicándose en Latinoamérica desde la segunda mitad del siglo XX, mientras que él proponía que surgían de investigaciones desarrolladas en la universidad de Harvard.

La dinámica mediática ha hecho que este proyecto se haya valorado desde todos los ámbitos sin conocerse su realidad cotidiana: las viviendas de la Quinta Monroy son lugares míseros. Además de ser entregadas sin terminaciones no ofrecían a los compradores en el momento de la adquisición ni siquiera recursos ‘elementales’ como agua caliente, y transforman finalmente un proyecto social con ambiciones de transformación social a medio plazo en un proyecto de caridad farisea, donde el beneficiado en ningún caso han sido los residentes sino el arquitecto para quien un manifiesto de conciencia social y de reivindicación ha servido de un trampolín para una deseada (y asumida como necesaria) fama.

Se ha calificado esta arquitectura de clasismo esteticizado, que sólo propicia la segregación social, creando guetos de pobreza. Y ciertamente debe cuestionarse el modo en que a través de emprendimientos como éste, la arquitectura social queda en manos de intereses privados que, lícita o ilícitamente, priorizarán sus beneficios sobre la calidad de la vivienda que ofrecen. Una propuesta como la de ELEMENTAL en países donde el estado no tiene una tradición de promover la vivienda social, complica aún la situación al colaborar en la privatización, en lugar de exigir desde la arquitectura al estado que éste asuma esta obligación. En lugar de tomar una postura política desde la arquitectura se opta por ponerse en las filas del mercado.

El contrapunto a Aravena lo planteó el colombiano Giancarlo Mazzanti, que desde una posición de perfil más discreto, mostró una propuesta de impacto urbano en áreas degradadas que tiene como objetivo la revitalización de áreas degradadas de Medellín. Pese a unas propuestas arquitectónicas tendientes a una cierta monumentalidad y con inevitables tics a la arquitectura de moda, explicó un interesante actuación de proceso regenerativo de las áreas degradadas sobre las que se ha actuado y la concepción de edificios de finalidad pública y multi-usos, donde pueden concentrarse a lo largo del día diversidad de turnos de diferentes funciones al servicio de los ciudadanos.

Indiscutible e indispensable fue la intervención del arquitecto burkinés Diabedó Francis Keré quien mostró la construcción de un verdadero proyecto social, pleno de racionalidad y sentido común, sostenible sin necesidad de forzar sobre él esa etiqueta. El riesgo que se cierne sobre él es cómo adoptará, reinterpretará y desfigurará este discurso sencillo y de gran potencial la maquinaria de marketing de la arquitectura, y como sobrevivirá este espíritu indemne a esa deglución. Keré pasó (sin duda, involuntariamente) a encarnar en este congreso el referente sobre el que proyectar ese punto compasivo que tanto complace al buenismo europeo. Pero esto al margen, lo que más se debe valorar fue la sincera emotividad de su presentación, que inspira a la recuperación de valores perdidos, pero que debe entenderse que no es extrapolable a la realidad de un primer mundo en crisis.

Debe tenerse en cuenta el interés que está empezando a surgir respecto a la arquitectura africana ("Small Scale, Big Change: New Architectures of Social Engagement”, la próxima exposición en el MoMA como ejemplo). Pero es no obstante necesario que, descue nuevo, se difumine la necesidad de analizar problemas y soluciones del aquí y ahora volviendo la vista hacia realidades que, si bien pueden proporcionar otras referencias y paradigmas, no son las que definen las circunstancias de este contexto de crisis. Por esa razón, surge la pregunta de por qué el congreso no convocó panelistas locales, arquitectos trabajando en proximidad con la realidad del momento, que hubieran podido exponer y analizar desde su conocimiento y experiencia, el estado de la situación.


5. EL LOCO Y LA NADA

Esta carencia es la que hace cuestionar la imprescindibilidad de intervenciones como las de Mark Wigley, decando de la escuela de arquitectura de la Universidad de Columbia, que acomodado en su retórica pedante bien poco aportó, y bien poco se tomó la molestia en aportar; tal como Mohsen Moustafavi, su homólogo en la Universidad de Harvard, con un discurso un tanto críptico. Ante ambos se hace preciso cuestionarse si se les invita más a intervenir en este tipo de encuentros más por sus influencias dentro del ámbito académico que por su capacidad a instigar una contribución real a la reflexión.

Pero tal vez la presencia más bizarra fue la del pensador Slavoj Zizek quien desarrolló un discurso zafio y demagógicamente provocador que culminó en la escatológica visión de Europa a través del diseño del inodoro y la relación del ser humano con sus excrementos. No obstante, cuando intentó hablar de arquitectura, su postura se notaba totalmente desorientada, y organizado con un perceptible estructura de ‘cut & paste’ sobre textos ya desfasados de los años 90, siendo incapaz de esconder mediante el efectismo su carencia de una cultura arquitectónica mínima.

Este defecto también se manifestó (abiertamente) entre algunos de los representantes de otros ámbitos intelectuales, algo que hacía imposible validar suficientemente sus juicios y comprender su presencia dentro de un congreso de arquitectura. Sirva como ejemplo el comentario de la historiadora del arte Estrella de Diego, que intervino como relatora, quien confesó no tener el menor conocimiento de arquitectura, y afirmó en uno de los debates de cierre que la crisis era un factor positivo porque ‘limpiaría el panorama’. Una perspectiva que resulta insoportablemente ingenua y reveladora de un desconocimiento que no permite valorar la gravedad, tanto a nivel material como ideológico, de esta situación.

Conviene destacar –como excepción entre los relatores- la intervención del periodista de Llàtzer Moix -autor del recientemente publicado ‘Arquitectura Milagrosa’- quien fue el único que evidenció haber estado mostrando atención a los discursos que habían ido teniendo lugar. Aunque tal vez demasiado comedido y tibio, su visión crítica dejó flotando un cierto aire de insatisfacción.

El panorama español e internacional cuenta con pensadores de prestigio que podían haber aportado reflexiones mejor sustentadas, menos diletantes, reflejando una mayor heterogeneidad de aproximaciones y planteamientos y eludiendo la complacencia, también instintivamente menos proclives a la laudatorias exaltadas, pero que estuvieron ausentes en este congreso.


6. QUE TODO CAMBIE PARA QUE NADA CAMBIE

Pero finalmente, para qué sirvió ‘Más por Menos’: porque nunca quedó suficientemente claro en su planteamiento cuáles eran sus objetivos. En su concepto se perciben tal vez más connotaciones de buenismo y actitud caritativa que de actitud revulsiva, y de sentimiento de pertenencia del arquitecto a la sociedad y de su deber para con ella; y durante la celebración del congreso se habló demasiado de belleza pero muy poco de sociedad, y en él, la pronunciación de la palabra ‘ética’ parecía ser inconscientemente tabú.

La fundación ‘Arquitectura y Sociedad’, queriendo monopolizar la bandera de una situación de justicia, ha puesto de manifiesto el peligro a que se intente imponer un revulsivo moralizante a esta estructura del espectáculo para pretender falsamente haber subvertido sus estructuras.

Pese a que su impulsor Patxi Mangado aboga por una arquitectura sin manierismos, sin ‘caligrafías’ ni ‘filigranas’, este congreso estuvo plagado de actitudes afectadas, de ideas a medias, de una euforia para algunos que era simultáneamente una gran decepción para los que pensamos que es necesario poner definitivamente los problemas sobre la mesa con valor para la auto-crítica. Hacer un análisis fuerte y sin complacencias.

Siempre detrás de este tipo de convocatorias subyacen intereses que poco tienen que ver con el aparente propósito con que se presentan, más aún cuando la cita se afana por diseñar un cartel donde luzcan gran representantes de los poderes fácticos del mundo arquitectónico: no sólo por quienes son situados sobre el escenario sino por la influencia que tienen muchos de los invitados asistentes. A través de esta convocatoria, algunos han cimentado sus desfasados pedestales, mantenidos muchas veces a base de discursos caducos, y otros, aumentar su presencia mediática recurriendo a estos artificios para lanzar su propia proyección personal.

Y esto es posiblemente lo que ha hecho de ‘Más por Menos’ una oportunidad perdida, porque ahí se ha pospuesto irresponsablemente la realización real un debate ya no necesario, sino urgente. La fundación ‘Arquitectura y Sociedad’ logró el impacto mediático que buscaba, pero acalló desde adentro toda disidencia, legitimando una postura conservadora que preserva el status quo, escenificando una mirada hacia el futuro, simulando que todo va a cambiar pero sin que nada, esencialmente, cambie.

Una ocasión desperdiciada para el debate arquitectónico actual, pero en la que algunos han conseguido unos minutos más de supervivencia para su negocio jugando a las apariencias.

Ídolos héroes como Aravena o ídolos que pese a su evidente fracaso y engaño siguen elevados, como Herzog, cuando lo importante y necesario sería deshacerse ya, urgentemente, de los héroes y recuperar los principios éticos y la relación con la sociedad, que –pese a lo que pueda parecer- son conquistas relativamente recientes en la historia de nuestra cultura y que fueron borradas casi de un plumazo por el cinismo de algunos personajes de actual relevancia, tanto arquitectos como pensadores y críticos.

El encuentro ha puesto de manifiesto el aferramiento a la noción de lo espectacular y el espectáculo: la persistencia de la desorientación, la falta de una búsqueda clara, sigue alentando la necesidad de seguir sustentando la arquitectura en la devoción y fidelidad casi ciega a ídolos-iconos, a sustentar el desarrollo de la arquitectura en una actitud de ‘quiero creer’ que sigue anteponiendo la fascinación acrítica a la reflexión, sin entender que la sociedad exige profundidad y no una exhibición de figuras.



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sábado 3 de julio de 2010

IDEALIZAR LA CIUDAD





Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABC Cultural, ABC, Madrid - Número 956

Imaginar y especular cómo será la ciudad ideal y la ciudad del futuro, ha sido siempre un concepto revelador a través del que interpretar cuáles han sido los deseos y necesidades de cada época. Centrándonos en nuestra contemporenidad, contamos con la visión crítica que contenía la concepción urbana la idealización futurista art-deco de Metropolis , la reflexión filosófica que subyace a la apocalíptica visión cyberpunk de Los Angeles de Blade Runner, pasando por concepciones de una ciudad perfecta y futura como planteaban las imágenes de la Walking City de Archigram, la experimentación de la Nueva Babilonia de Constant Nieuwenhuys, el futurismo – pop de la compacta y vertical ciudad que se recorría gracias a vehículos voladores de The Jetsons, la New New York de Futurama...

En su forma ideal, las ciudades imaginadas por los planteamientos urbanísticos más radicales, por la literatura o el cine se han plasmado a través de parámetros intraducibles a la esencia de la ciudad estrictamente real y viva. Hablar de ciudad ideal equivale casi inevitablemente a hablar de ciudad ficticia, de prototipo artificial, puesto que la ciudad real es algo hecho de una sustancia mucho más compleja, que funciona en cierto modo a la manera de un organismo vivo, capaz de reaccionar de maneras imprevistas a las regulaciones y planificaciones (acertadas o no) que quieran imponérsele y que va articulándose, en realidad, en base a parámetros que tienen más que ver con respuestas emocionales y psicológicas de sus ciudadanos a las condiciones sociales, políticas, económicas y culturales que van fluyendo sobre ella.

El concepto de ciudad ideal debe ser un objetivo puesto en práctica más que un hecho, una aspiración pragmática que debe tener como eje el cuerpo de la ciudad existente y los fundamentos básicos para procurar un bienestar y libertad, a nivel colectivo e individual, del ciudadano y ciudadanos. Cualidades en las que centrar esa aspiración de idealidad hoy: indudablemente prioritaria, continuar incrementando la diversidad y calidad del espacio público y los recursos destinados al servicio cívico, interviniendo desde planteamientos que equilibren la idiosincrasia de la ciudad con su puesta al día y orientación hacia el futuro inmediato. Esa concepción de futuro pasa hoy obligatoriamente por la generación de estructuras sostenibles y por la integración de las ciudades a las redes tecnológicas, teniendo presente que la ciudad ideal hoy surja de la capacidad para hibridar lo nuevo y lo viejo. La sostenibilidad no sólo derivará de un incremento de aplicaciones de energías limpias sino también de la capacidad con que cada ciudad sepa reciclar y regenerar sus propios recursos arquitectónicos y urbanos. Tal como ha sugerido William J.Mitchell, el desarrollo de las redes digitales podrá contribuir a inducir que se reduzca la necesidad de seguir generando nuevas estructuras urbanas.

Es preciso señalar la profunda diferencia que existe entre el significado de ‘ciudad ideal’ e idealizar la ciudad a partir de esas premisas urgentes de sostenibilidad y desarrollo de la tecnología digital. No habría que fascinarse antes esas propuestas urbanas que se plantean pluscuamperfectas visiones de ciudad de presente y hacia el futuro, y que parecen emerger de una especie de concepción darwinista de la arquitectura: como equiparando apariencia hipertecnológica a una expresión de superioridad. Como si esa supuesta complejidad formal, ese efectismo de colosales tótems tecnológicos, fuese el equivalente de una culminación evolutiva del lenguaje arquitectónico y, consecuentemente, de las maneras de habitar – una premisa desde las que ellas mismas se condenan a quedar desfasadas.

Estos conceptos que se plantean como nuevos modelos urbanos ideales niegan a la ciudad como un punto de encuentro de la sociedad, propiciando su espacio como territorio de diversidad. Experimentos como Dubai, incluyendo sus complejos de islas artificiales, que poco tienen de avance tecnológico y más de salvaje capitalismo, han marcado un punto de inflexión crítico porque en ese paisaje urbano creado en medio del desierto crece una arquitectura que habla de reinventar la ciudad pero que escasos valores y perspectivas aporta.

Por eso no hay que engañarse ni fascinarse ante la retórica ni la estética de emprendimientos que se denominan ‘ciudad’ como Masdar City en Abu Dhabi, cuyo plan maestro ha sido diseñado por Forster & Partners, y que se promociona como la ‘primera ciudad absolutamente sostenible’, pero que sin embargo, debe entenderse antes como la superficie de un gran centro comercial y de concentración de empresas que como una ciudad. Lo mismo ocurre con otros ejemplos, como New Songdo City presentada como una ciudad hipertecnológica, pero que no será más que un complejo destinado a funcionar como centro internacional de negocios. O el proyecto de Mass Studies, que con la Seoul Comune 2026,que intenta retomar de una manera estrambótica y feista el concepto de torres en el parque de Ludwig Hilberseimer, enmascarando tras su obsesión gestual la ausencia de un concepto que proponga consignas para la generación de nuevos paradigmas de desarrollo urbano.

Lo que resulta llamativo de estos nuevos ideales, interpretables como utopías o distopías, es que en esas estructuras supuestamente hipersostenibles y tecnológicamente avanzadas se encarna el ideal de entorno rígidamente controlado, previsible, e imbuido de una asepsia que –como sugería el urbanista Kevin Lynch-, al materializarse, produjera una sociedad que tal vez bordease lo patológico.

A a esas obsesiones de perfección se opone la sustancia compleja, contradictoria, subjetiva, intensa y viva de la ciudad real como hábitat natural de lo humano, que absorbe su evolución, en su imposibilidad de culminar en cualquier idealidad.