sábado 8 de mayo de 2010

PARTICIPAR, FORMA ACTIVA




Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABCD las Artes y las Letras, ABC, Madrid - Número 948


En este momento se hace sumamente necesario, indispensable, replantearse el modelo del personalismo arquitectónico sobre el que se ha basado la alta arquitectura producida en las últimas décadas. La idea del arquitecto como genio todopoderoso ha resultado en algunos remarcables y buenos edificios, pero ha dejado tras de sí una estela de desechos creados en el supuesto nombre de la buena arquitectura y de la experimentación, y que en demasiadas ocasiones han acabado poseyendo pocas diferencias con respecto esa edificación (como la producida por especuladores inmobiliarios) que no se considera dentro de esos parámetros de lo que es arquitectura y que esos todopoderosos prestigiosos desprecian. Se corrobora también el fracaso de este modelo en la evidencia de que ese modelo de despacho centrado en el protagonismo de un individuo, se sostiene de la apropiación por parte de esos egos exaltados de las ideas de sus ‘subordinados’, considerándose plenamente legitimados para ello, habiéndose auto-erigido como elegidos.


La revisión y subversión de este modelo jerárquico y verticalista vendrá dada por una reformulación – que ya está claramente en emergencia- de la idea de trabajo cooperativo y de la formación de equipos que hagan de la arquitectura una tarea de convergencia de conocimientos y estrategias procedentes de otras disciplinas, con objeto de situar a la arquitectura dentro de unos nuevos parámetros de comprensión e intervención en la realidad. Ésta es una tarea crucial y que debe llevarse a cabo seriamente, ya que esta cuestión no viene dada, como algunos sostienen, porque el arquitecto como profesional no conoce límites sino porque debe afirmarse desde la sensatez de la autoimposición de unos límites que le hagan delegar al respecto de los temas que se involucran en la arquitectura, pero que no forman parte del conocimiento intrínseco del arquitecto. Fijar esos límites de las capacidades específicas del arquitecto y aceptarlos como un factor positivo que inciten a que el trabajo pueda abrirse a la interacción con otras especialidades de manera fructífera y lejos de la pedantería esnob y cínica con la que algunos quieren redefinir su perfil profesional.


La constatación de un mundo cambiado y cambiante, simultáneamente local y global, que requiere de nuevos procesos y posicionamientos de acción parece reclamar la necesidad de trabajos que cuestionen ese caduco modelo de autoría y del significado de la producción de arquitectura. Así, en este contexto, se refuerza la necesidad de introducir en la reflexión de la arquitectura el aprendizaje que puede producirse a partir de experimentaciones que trasciendan netamente la frontera de lo construido y esbocen los nuevos parámetros hacia los que se orienta el trabajo del arquitecto y la capacidad reflexiva y crítica de la arquitectura dentro de su tiempo. Una síntesis de esas experimentaciones es la que se compila en el libro ¿Alguien dijo participar?, recientemente traducido y publicado por dpr-Barcelona, y en el que se expone la trascendencia de diferentes acciones y visiones que están abogando ‘por una re-evaluación de la arquitectura más allá de las definiciones del hecho constructivo, hacia la posibilidad de una arquitectura del conocimiento, que se va acumulando, sobretodo, por los arquitectos que evitan la práctica convencional y los no-arquitectos que realizan prácticas espaciales’. El eje del libro es el análisis de ese tipo de actividad y comprenderla cómo representar la emergencia de lo que podría constituir una importante variante de la figura ortodoxa del arquitecto, tal y como hasta ahora ha sido concebida.


La diversidad de propuestas presentadas abarca desde intervenciones urbanísticas, la elaboración de cartografías, a miradas analíticas hacia lo que podría comprenderse como marginalidad arquitectónica, la composición de definiciones para conceptos de influencia trascendente pero sumergida, investigaciones donde se hibridan actitudes entre las esferas del arte y de las ciencias sociales, investigaciones sobre el estado de ciudades en guerra y la ciudad como objetivo militar y terrorista, la organización de la fuerza colectiva frente a la rigidez de las estructuras legislativas… subyaciendo en todas ellas la voluntad de plantear una crítica a lo establecido, exponer y denunciar cómo las dinámicas de la realidad colisionan o son ignoradas por las estructuras políticas, sociales y económicas regentes.


La idea del ‘practicante espacial’ versus arquitecto que se plantea a lo largo de estos ejemplos, define al primero como un agente cuyo compromiso de acción es el de participar en la elaboración de una comprensión más compleja de la realidad, situándose en ella desde la atención a la imprevisibilidad, desde la voluntad de estudiar concentradamente las diferentes dimensiones de factores muy concretos (marginales a pequeña o gran escala) o el modo en que la creación de una situación alternativa genera una confrontación que pone en crisis a lo establecido, y en este sentido ése es el concepto fundamental que se encapsula en este libro: comprender que ser arquitecto hoy trasciende la construcción e implica en gran medida que el arquitecto se capacite para analizar cómo deconstruir las estructuras del sistema.


Una reflexión sugerida por ¿Alguien dijo participar? es que la radicalidad debe aspirar siempre a lograr la introducción activa y reactive de una desestabilización que se comprenda necesaria, pero es necesario que esto no se produzca desde los parámetros de un inconformismo de resultados meramente narcisistas y superficiales, sino desde la convicción de articular críticas y afirmar posibilidades alternativas. Por esta razón, alarman hasta cierto punto los textos introductorios de Hans-Ulrich Olbrist, quien al definir la figura del curador no evita complacerse en definir esa figura como la de un superdotado del multitasking, persistiendo en ese absurdo caduco concepto del ego portentoso; o el elogio a la idea del ‘profesional amateur’ que analiza Shumon Basar, o la reflexión sobre la importancia de la estupidez en la conformación de nuestro mundo de Keller Easterling, ambos reflexiones débiles que transmiten la impresión que posicionarse como alguien que rompe moldes, que se sitúa en los límites, producirá de por sí resultados revolucionarios, cuando la experiencia nos dice que en un tiempo en que lo revolucionario es potencialmente absorbible por el sistema situarse en una posición de concentración y trabajar sobre temas concretos es lo que finalmente resulta verdaderamente avanzado.


Los arquitectos han emprendido una huída hacia adelante, negándose a hacerse responsables de los temas que verdaderamente les incumben, para transformarse en metomentodos. Tanto el trabajo colectivo como la participación y colaboración con otras disciplinas deben tomarse como formas de trabajo comprometidas con el tiempo presente, desterrando los vicios del pasado porque si esto no sucede se transformará de nuevo en una cuestión de posturismos. Como este libro evidencia, el panorama se encuentra abierto y el flujo de información al que algunos se empeñan en controlar y hacer suya debe ser comprendido como un hecho totalmente favorable para la creación de opiniones divergentes, particulares y reactivas, activadoras, encarnando un nuevo concepto suprademocrático y participativo, de pluralidad crítica activa. Esto hará caer el cinismo y la espectacularidad vana a favor de trabajos de experimentación serios en un panorama donde la participación no sea un concepto de moda sino un hecho real, lejos de radicalismos abstractos (estériles) que sólo estarían propiciando otro modelo condenado a estancarse.



Markus Miessen y Shumon Basar (eds.), ¿Alguien dijo participar?, dpr-Barcelona: Barcelona, 2009.

sábado 1 de mayo de 2010

SIGNOS DE SU TIEMPO


Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABCD las Artes y las Letras, ABC, Madrid - Número 947

La permanencia, la perpetuidad, es seguramente el secreto deseo que subyace tras la creación de muchas de esas estructuras diseñadas para formar parte del escenario de eventos culturales de trascendencia planetaria, como son las exposiciones internacionales y universales, olimpiadas u otro tipo de acontecimientos similares: alcanzar el estatus magno en la historia de la arquitectura y en el imaginario de la humanidad que han logrado estructuras que se crearon para ser pabellones o emblemas icónicos de uno de esos eventos, del que la Torre Eiffel, motivo de la Exposición Universal de 1889 en París, sea seguramente el paradigma absoluto. Aquella torre de acero de más de 300 metros de altura que se erigía como un reflejo exultante de la enérgica intensidad de la actividad cultural y científica que hacían de París en aquel momento, transcurrido exactamente un siglo desde la Revolución Francesa, el centro vital del planeta, ha sobrevivido a las duras controversias que su construcción generó y a la inicial expectativa de vida de dos décadas. Eiffel la concibió como una estructura que permitiría desarrollar investigaciones científicas, y actualmente, además de constituir la atracción turística obligada de la capital, ejerce eficazmente como enclave de telecomunicaciones.

Exposiciones universales e internacionales surgieron inicialmente, a finales del siglo XIX, como grandes exhibiciones del nivel de desarrollo de la civilización de la era industrial. Las arquitecturas creadas como escenario para ellas contribuían a reforzar ese carácter de gran acontecimiento y a subrayar su vocación de símbolo de progreso. Desde aquella expresión de modernidad que fue el Crystal Palace, diseñado por Joseph Paxton para la primera gran exposición de 1851 celebrada en Londres, y que supuso la prueba que corroboraba la emergencia de una nueva arquitectura, que exigía nuevos criterios de valoración, los pabellones realizados para exposiciones se han planteado como culminaciones del potencial tecnológico de cada momento y como proyecciones de la esencia más sublime del potencial humano.

El concepto de pabellón como objeto arquitectónico excepcional y de duración temporal constituyó el fundamento a través del que concretar experimentaciones arquitectónicas avanzadas (innovaciones formales, la construcción con materiales de última generación…) que simultáneamente actuaban también como objetos a través de los que transmitir esos conceptos de desarrollo y progreso al gran público.

Son algunos, entre los pabellones para exposiciones construidos durante el siglo XX, los que han acabado perteneciendo a la categoría de obras esenciales de la historia de la arquitectura. A ella pertenece el Pabellón de Alemania de Mies van der Rohe, obra fundamental de la modernidad y en el que Mies articuló y resolvió cuestiones cruciales de la expresión arquitectónica de ese momento. Originalmente construido para la Exposición Internacional de Barcelona en 1929, fue desmantelado poco después de la conclusión de ésta para ser reproducido a mediados de los años ochenta, para devenir no sólo uno de los referentes del patrimonio arquitectónico de la ciudad sino un activo centro protagonista de la vida cultural local actualmente. La desmantelación y posterior reconstrucción o reproducción para acoger un uso específico, erigiéndose a la vez como una pieza de culto, es un proceso que forma parte de la historia de otros pabellones: el Crystal Palace se trasladó tras la exposición de su emplazamiento original en Hyde Park a Upper Norwood (donde finalmente se incendió en 1936); otro ejemplo a recalcar es la reproducción del Pabellón de la República Española de Josep Lluís Sert y Luís Lacasa, donde fue exhibido el Guernica durante la Feria Internacional de París en 1937, y reconstruido en Barcelona en 1992. Pertenece también a la memoria de la arquitectura del siglo XX el pabellón de Finlandia de Alvar Aalto para la exposición universal de 1939 en Nueva York.

Emparentado y superando sin duda con la determinación visionaria que se materializó en la Torre Eiffel aparece la impresionante Cúpula Geodésica diseñada por Richard Buckminster Fuller y Shoji Sadao, que fue el Pabellón de Estados Unidos para la Exposición Internacional de Montreal de 1967, y que hoy acoge el Biosphère (Museo de Medio Ambiente). También ‘Aquapolis’, una estructura flotante diseñada por el metabolista Kiyonori Kikutake para la Exposición Internacional de Okinawa de 1975 y en la que se concretaban sus investigaciones sobre la posibilidad de crear ciudades marinas, y que sobrevivió en uso hasta 1993. Otra de las estructuras más icónicas surgidas con motivo de una exposición fue el ‘Atomium’ diseñado por el ingeniero civil André Waterkeyn para la exposición universal de Bruselas de 1958.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el carácter de las exposiciones fue transformándose, para ir constituyéndose cada vez más claramente como eventos sobretodo dotados de un carácter lúdico y pedagógico, cuya celebración proporcionaba a menudo el mejor argumento para desarrollar estrategias urbanas para revitalizar determinadas áreas de las ciudades anfitrionas, utilizándolas cada vez como supuestos bálsamos milagrosos. Desde esta concepción, el pabellón, aun sin perder la esencia que lo distingue como objeto arquitectónico excepcional y simbólico, aspira a trascender esa dimensión de objeto contenedor, efímero constructor del escenario contextualizador del evento, en pos de una ambición de perpetuidad que cada vez en más ocasiones se corrobora imposible, ya que la desmesura vanidosa de algunos de estos edificios ha hecho muy difícil su reconversión. El Pabellón-Puente de Zaha Hadid para la exposición internacional de Zaragoza puede ser, por su falta de uso a día de hoy y su deterioro material, uno de los exponentes más temporalmente cercanos de esa incongruencia que hace patente cómo es preciso replantear la necesidad de sobre-espectacularidad de estos eventos actualmente y que induce a la convicción de que es preciso, indudablemente por el elevado costo que genera su construcción y por el valor añadido como piezas dinamizadoras urbanas que se les quiere atribuir, conservar de estas estructuras que a veces, por mor de esa fastuosidad acaban exudando un valor arquitectónico muy discutible.

De una forma u otra, algunos pabellones han permanecido. Incluso hasta llegar a permanecer bajo la forma de una reproducción. No obstante, en la coyuntura actual y con la experiencia que ha venido procurando la historia, se hace necesario reconocer que no es posible asimilar todas esas estructuras, para así evitar caer hoy en la tentación de hacer edificios tan caros de construir y que se hacen imposibles de desmontar, y posiblemente también tan desvinculados del auténtico espíritu del tiempo presente y del progreso, que pueden terminar haciendo de la superficie de una exposición un cementerio de edificios. Convendría, por eso, repensar y crear el espíritu intrínseco del pabellón, para volver a disponer de ese territorio de valor y libertad que procura lo efímero.