sábado 20 de febrero de 2010

CUESTIÓN CRÍTICA


Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABCD las Artes y las Letras, ABC, Madrid - Número 937

Una de las cuestiones necesarias a abordar con urgencia por la arquitectura actualmente es la definición de sus soportes de comunicación. Si hasta hace relativamente una década el peso crucial de la información y reflexión sobre la arquitectura recaía de manera exclusiva en revistas y libros, la velocidad que rige las dinámicas la información en este momento ha supuesto una traslación de ese peso y capacidad de influencia hacia las publicaciones digitales y blogs, trasladando forzosamente a un segundo plano al ‘papel’ cuyas directrices estáticas se han visto sacudidas, incapaces de competir con esa velocidad en aceleración constante.

No en el territorio del ensayo y el pensamiento con un carácter o actitud más académica, pero sí en el territorio de las monografías sobre la obra de arquitectos y estudios o el examen de fenómenos o tendencias, la década de los 90 trajo consigo una exacerbación casi paroxística de la dimensión fetichista del libro de arquitectura hiper-diseñado que, salvo en raras excepciones, culminó en una sobresaturación de productos capaces de superar la efímera seducción que suscitaban como objeto. El cuidado y la radicalidad experimental que se aplicaban en numerosas ocasiones al diseño gráfico de un volumen eran a menudo inversamente proporcionales al valor del contenido intelectual del mismo. El proyecto de publicación de un libro devenía más una obsesión narcisista y un producto de marketing que un ejercicio orientado hacia la reflexión intelectual, que condujo a una sobresaturación de libros, que no sólo ha afianzado una decepcionante sensación de prescindibilidad en torno a gran parte de lo publicado, sino que también ha acabado moldeando e imponiendo una forma de transmisión de ideas y conceptos sobre arquitectura que ha tendido a hacer aceptable o imperceptible la superficialidad, a camuflar la inanidad a través de la inmediatez de seducción brutal de efectos visuales y retóricos.

Es preciso reconocer que, en su sustrato, esta tendencia puede fundamentalmente considerarse el primer indicio anticipando la necesidad de cambios en los procesos de elaboración del pensamiento y de lectura en relación con la integración del arquitecto y la arquitectura a las dinámicas de la revolución de la tecnología digital y la cultura de la información cuyo desarrollo presente es preciso y urgente cuestionar y revisar con objeto de generar de manera consistente, y simultánea, información y conocimiento sobre arquitectura, una situación para la que la edición del colosal Atlas y 10x10_3 (10 Architects x10 Critics) por la editorial Phaidon pueden ser casos de estudio.

Al llegar a su tercera edición, manteniendo la misma estructura y planteamiento de sus dos previas, donde cada miembro de un grupo de diez críticos es invitado a seleccionar el trabajo de diez estudios y arquitectos, 10x10_3 aparece como un elemento a través del que examinar este estado de la cuestión, esa convivencia dual de dos territorios de elaboración para la información de la arquitectura (papel-red) y cómo es la acción del crítico como constructor de información y conocimiento la que tiene un papel decisivo en la definición de una nueva especificidad para el valor, función y utilidad de cada uno de esos territorios que, por lo menos a medio plazo, van a mantenerse coexistentes.

En todas sus ediciones, 10x10 se ha planteado como un producto editorial en el que se trataban de hibridar los conceptos de revista y de libro: su originalidad radicaría seguramente en concentrar en un único volumen la pluralidad de perspectivas creativas en la arquitectura e intelectuales en la crítica confluyendo en un momento específico, envolviéndolas con un cuidadísimo empaque de gran libro a través del que imbuirle de una aura de permanencia, sugerir que esa recopilación no posee un valor efímero sino que se elevaría idealmente a una cierta categoría enciclopédica, naturaleza de la que el Atlas parte de base pese a su obviamente prematura etiquetación como ‘del siglo XXI’.

Conviene insistir en el hecho de que ese valor perseguido por ambas publicaciones dependería en primera instancia del prestigio de los curadores congregados, de la confianza del editor y del público receptor, de la calidad de sus criterios y del rigor del compromiso asumido ante el encargo para una publicación de estas características; por esta razón, aun cuando cada edición de 10x10 y el Atlas (y éstas no son en absoluto excepción) permiten descubrir la obra de excelentes arquitectos e interesantes aproximaciones arquitectónicas en pleno presente, éstas se entremezclan con otras que se reconocen de menor calidad para ser incluidas en publicaciones de este calibre -una falencia que no debe achacarse en este caso a los arquitectos, sino a los críticos responsables esas selecciones.

Esa cierta desigualdad de calidad entre el material impreso evidencia la necesidad de exigir al crítico minimizar las subjetividades para así hacer de su tarea la búsqueda de definición de un auténtico concepto ideológico de lo que debe esperarse de la arquitectura y de los arquitectos como un verdadero elemento constructor del sentido del tiempo para el que está haciéndose, antes que en tratar de auto-erigirse el crítico en creador de tendencias capaces de satisfacer las ansias de consumo de información, de acumulación de datos desde la carencia de un conocimiento que los interprete. Ése es el territorio de acción de los medios digitales: un espacio en impasse hacia una consolidación más consistente de su carácter y capacidad de intervención como espacio de construcción de la crítica- en donde hoy lo efímero es válido y la velocidad deglute lo innecesario.

10x10_3 y el Atlas, cuya calidad como productos editoriales es sin duda patente, ponen de manifiesto ese estado de las cosas, evidenciando cómo frente a la hiperprofusión de datos de la red, se hace necesario el desarrollo de una recomprensión por parte de la crítica acerca de las cualidades y funciones específicas de los soportes desde los que se produce y emite la información, la obligación de entender que lo impreso -por la propia naturaleza perenne de su objeto y por la sustancia de valor aquello que en sus páginas contiene- frente a lo digital debe apostar por selecciones meditadas, en las que lo impreso, el libro, posea la trascendencia de una mayor perdurabilidad y efecto docente a medio y largo plazo.

Shumon Basar, Mercedes Daguerre, Luis Fernández-Galiano, Bart Goldhoorn, Joseph Grima, Carlos Jiménez, Kengo Kuma, Andrew Mackenzie, Peter Cachola Schmal, Ai Weiwei, 10x10_3 (10 Architects – 10 Critics), Londres: Phaidon, 2009. (444 páginas)

Atlas Phaidon de Arquitectura Mundial del Siglo XXI, Londres: Phaidon, 2009. (800 páginas, 4.600 ilustraciones)

sábado 13 de febrero de 2010

LOS ANGELES, UN ALMA COMPLEJA


Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABCD las Artes y las Letras, ABC, Madrid - Número 936

Fundada en 1781
por el español Felipe de Neve, y parte de México entre 1821 y 1848, año en que fue integrada a Estados Unidos en 1848, Los Angeles ha constituido durante el siglo XX el epitome de ciudad moderna: una metrópolis que, a diferencia de Nueva York (cuya red urbana fue desarrollada para la circulación de peatones y caballos), fue diseñada según los ideales avanzados de progreso, planificándose para el desplazamiento de transporte rodado. Como describe el arquitecto Kazys Varnelis en The Infrastructural City. Networked Ecologies in Los Angeles (ACTAR, 2009), la ciudad se emplazó sobre un terreno inhabitable: un ensamblado de ciénagas, llanura inundable, desierto y montañas, un terreno seco y totalmente dependiente en recursos lejanos para poder sobrevivir. En un lugar donde no debería haber ninguna ciudad, existe gracias a una infraestructura que crea un sistema vital que ha logrado transformar esa superficie de tierra estéril en la segunda metrópolis de los Estados Unidos, una superficie urbana de 1,290.6 km2 y en la que actualmente habitan más de cuatro millones de personas.

El esplendor permitido por su riqueza petrolífera, sumado a la fuerza de la industria cinematográfica que estableció allí sus principales estudios, contribuyó a un desarrollo pujante de la ciudad y a una gradual expansión territorial que adquirió una profunda intensidad en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. La concentración y desarrollo de industrias de todo tipo, que van del entretenimiento a la tecnología, pasando por el turismo, la moda o las telecomunicaciones, hicieron que en 2008, Los Angeles estuviese ocupando el octavo puesto en la lista de las ciudades más económicamente poderosas del mundo elaborada por ‘Forbes, y que desde el punto de vista de fenómeno urbano constituye un paradigma absoluto en sí misma.


Varnelis señala que la era heroica de la construcción de infraestructuras en Los Angeles concluyó hacia los años 80, habiéndose apenas producido intervenciones, debido a la falta de dinero y voluntad pública . En los años 60, la ciudad ya se percibía como un insalvable desorden, el resultado de un siglo de infraestructura para generar beneficios, de un desarrollo inmobiliario descontrolado y marcado por la falta de gusto de los nuevos ricos, que le ha llevado a culminar como el producto de una delirante velocidad de aceleración con la que se ha desarrollado la expansión urbana de la ciudad, determinado por el implacable peso del exacerbado individualismo de los angelinos. Un factor, este último que ya en 1971, el historiador británico Reyner Banham apuntaba en Los Angeles: The Architecture of Four Ecologies: una ciudad dinamizada por intereses competitivos, agencias gubernamentales, grupos de presión y, sobre todo, los individuos. Los Angeles encarnaba el espíritu de una sociedad que ya no se regía por parámetros culturales tradicionales, razón por la que su tejido urbano no podía de ninguna manera articularse según ellos. Banham veía en Los Angeles la emergencia de una nueva sociedad a partir de la cual debía plantearse una una nueva forma de concebir edificios. Su manifiesto, que él denominó “Non-Plan” aparecía entonces como una reacción contra la modernidad, pero que en realidad sentó las bases que dieron pie a una planificación urbana neo-liberal de la ciudad.


Varnelis apunta que se estima que la población de la ciudad va a incrementarse masivamente en los próximos años y que no se encuentra preparada urbanísticamente para afrontar ese reto: polución, falta de territorio que pueda acoger a los nuevos residentes, impacto sobre el equilibrio ecológico de la zona de la construcción indiscriminada…

La identidad urbana de Los Angeles hoy se define por la de ser un lugar habitado por ciudadanos obsesionados con su vida privada, con cierta antipatía hacia lo cívico –en palabras de Kazys Varnelis-. Ésta es una ciudad donde no han abundado nunca los espacios públicos, como parques y plazas, y, hasta cierto punto, no sería exagerado decir que la arquitectura de Los Angeles son de hecho las viviendas unifamiliares. Si otras capitales estadounidenses como Chicago o Nueva York poseen un skyline que es expresión identitaria de la ciudad, los rascacielos de Los Angeles son genéricos, su downtown carece de interés. Las dos iniciativas más recientes para diluir ese aire anodino del skyline inspiradas en el efecto-Guggenheim y promovidas por el multimillonario Eli Broad (promotor inmobiliario y el mayor productor de sprawl suburbano de Estados Unidos), el Disney Concert Hall de Frank Gehry y la extensión de Renzo Piano al Los Angeles County Museum of Art, con el objetivo de usar la ‘alta arquitectura’ como una vía de incrementar el valor de la propiedad inmobiliaria en esas áreas.


Sucesos conflictivos producidos por tensiones raciales como los disturbios de Watts en 1965, el mediatizado ataque a Rodney King en 1991, y el incremento de negocios mafiosos, corrupción policial y tráfico de drogas han incidido también en la conformación de una identidad urbana donde se tiende a abandonar la idea democrática del territorio urbano y la clase media exige que la ciudad y la arquitectura les permitan incrementar un aislamiento espacial y social. Divisiones de raza y clase están dramáticamente dibujadas en el escenario urbano angelino.


En el Los Angeles posliberal de esta era presente, la defensa del lujo ha generado un arsenal de sistemas de seguridad y una obsesión por la vigilancia que ha tendido a ejercer por un lado, un efecto de criminalización de ciertos sectores de la población, como los homeless, contra quienes el ayuntamiento se encuentra en un estado de ataque eufemísticamente denominado ‘contención’ y que, mediante vigilancia policial y la creación de un paisaje urbano lo más incómodo posible, imposibilite al máximo su ‘ocupación’ por parte de éstos; y, por otro, y una militarización de la ciudad que se ha manifestado cada vez con mayor claridad desde los años 90. El experto en Urbanismo y Economía Política Mike Davies en "Fuerte Los Ángeles" (Gustavo Gili, 2004) ha analizado cómo esa obsesión por la seguridad ha anulado cualquier posibilidad de generar una actitud de construcción urbana que se base en la integración social, exponiendo cómo arquitectura y aparato policial se han fusionado hasta niveles inusitados – no sólo porque la vista aérea de la ciudad está organizada para facilitar la identificación de las calles desde los helicópteros de vigilancia que sobrevuelan permanentemente determinadas áreas, sino también por el modo en que el trabajo de Frank Gehry en esta ciudad está subliminalmente manifestando las relaciones de represión, vigilancia y exclusión que caracterizan al paisaje fragmentado de Los Angeles y la paranoia de sus residentes por la hiper-seguridad y la exacerbación de la privacidad. El resultado es un tejido urbano que filtra a los ‘indeseables’ y que, simultáneamente, tiende a homogeneizar y a vigilar a la masa social restante haciéndole ocupar centros comerciales y espacios públicos bien escenificados y controlados.


Se puede comprender Los Angeles como la última de las ciudades tal cual las habíamos podido comprender, o como la referente de una serie de conglomeraciones urbanas a las cuales hemos estado tratando de comprender y denominar en los últimos tiempos. Los Angeles como hiper-urbe que provocó cierto escándalo y curiosidad durante el siglo pasado, ha sido deglutida por el desarrollo anárquico de lugares como Dubai. Seguramente porque el significado de Los Angeles como ciudad amorfa, transgresora y capitalista, ha sido superada con creces por esas macroestructuras del Medio y Lejano Oriente. Aun síntoma y expresión del tiempo en que vivimos, puede observarse a Los Angeles ya con distancia, como metáfora de un germen que se encuentra a medio camino de esa transición, del tiempo después de la modernidad.





















Kazys Varnelis (ed.), The Infrastructural City: Networked Ecologies in Los Angeles, ACTAR: Barcelona, 2009.



















Mike Davis, "Fuerte Los Ángeles" in Michael Sorkin (ed.), Variaciones sobre un parque temático, Gustavo Gili: Barcelona, 2004.