sábado 20 de junio de 2009

LA ARQUITECTURA EN PANTALLA

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Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABCD las Artes y las Letras - Número 906

U
na esfera de la realidad se construye en la televisión. Es sin duda posible que estemos ya en muchos momentos construyendo la propia ‘realidad’ desde los parámetros de la realidad televisiva. Que cualquier acto o individuo pueda convertirse en un hecho televisivo y convertirse en un evento trascendente, en una ficción que se adhiere y se transforma en el tema de la realidad. No tiene sentido acusar a la televisión de banalizar la realidad, puesto que ha generado una forma de realidad específica, dentro de cuyos parámetros se crea parte de la estructura que define y sustenta aquello que no está sucediendo en ella.

En ese ámbito de la realidad televisiva, no estamos demasiado acostumbrados a la presencia de los arquitectos, quienes prefieren desplegarse en otros territorios de lo mediático, más especializados, más propios y en donde poder afianzar o crear un aura de intelectualidad y talento creativo; acceder a penetrar en ésta tal vez es algo a lo que sólo podría atreverse alguien tan consolidado como estrella y tan de vuelta de todo como Frank Gehry, cuya intervención en aquel episodio de ‘The Simpsons’ plagado de brillantes chistes internos ha adquirido una especie de dimensión de rareza de culto.

Como una excepción dentro de ese estado de total ausencia del arquitecto, el programa de televisión El Secreto’ (Antena 3), adaptación del reality ‘The Secret Millionaire’ producido por el Channel 4 británico, debutaba hace unas semanas con un arquitecto como protagonista. El nombre de Joaquín Torres, director junto a Rafael Llamazares del estudio A-Cero, posee un prestigio como constructor de casas de lujo para un cierto sector de la clase adinerada (entre el que se cuentan estrellas del fútbol, artistas y empresarios) y por haberse convertido en el primer despacho de arquitectura español con una sede en Dubai.

Torres y Llamazares fundaron A-cero en 1996, junto a un grupo de estudiantes de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de A Coruña. El estudio opera en la actualidad a escala internacional desarrollando una arquitectura que, en sus palabras, busca formularse como ‘sencilla y conceptual’, basada en una formalidad basada en lo escultórico. Sus edificios muestran las dosis adecuadas de refinamiento de vanguardia y un tratamiento donde se busca la sofisticación del detalle para dotarse de un aura de exclusividad. A-cero está dentro de las dinámicas de funcionamiento de gran estudio global : llevando a cabo una expansión a nivel internacional guiada por la ambición de conquistar los mercados donde se encuentra el mayor poderío económico.

Joaquín Torres había hecho ya una primera incursión televisiva en el programa ‘Vidas anónimas’ (La Sexta), justamente mostrando algunas de esas viviendas diseñadas para ultramillonarios, pero es su intervención en ‘El Secreto’ - algo que podría quedar en anécdota, en un ejemplo de ’15-minutos-de-fama’ que estaría brindando la posibilidad de rentabilizar ese paso por la televisión con la promoción de su persona y su estudio- la que incita a ver cuestiones más profundas sobre el lugar del arquitecto dentro de los parámetros de la cultura y la sociedad mediática cuando se formula una relación retroactiva entre televisión y personaje.

El segmento inicial del programa le definía como ‘arquitecto de moda, diseñador de lujo, trabaja para las mayores fortunas, uno de los arquitectos más exclusivos y vanguardistas del mundo, sus viviendas se hallan en inaccesibles urbanizaciones’. Su auto-interpretación se convierte en su desdoblamiento en personaje para esa realidad que pretendía contarnos El Secreto. Torres encarna un personaje esquemático, fácilmente comprensible para un telespectador para el que representa el paradigma de la percepción social sobre una profesión, que le hacen el protagonista perfecto para la posterior narración de una historia de solidaridad redentora, de catarsis moral, donde el elitista arquitecto acaba convertido en un generoso benefactor.

La cuestión de por qué Torres, siendo un arquitecto afianzado y exitoso dentro de la esfera social para la que él trabaja, recurre a la televisión para saltar a una primera línea de visibilidad puede responderse desde la especulación de que esos noventa minutos en prime time que protagonizó de manera voluntaria, seguramente planificada al milímetro y cuidadosamente editada, puedan ser una impecable operación de marketing con la que enaltecer su imagen y promocionar su firma en estos tiempos de crisis bajo la que subyacería asimismo la voluntad de lanzar su nombre y obra a la primera línea del panorama arquitectónico a la que cree pertenecer. Se diferencia el procedimiento y el medio, pero en sustancia, Torres no está haciendo nada que otros de mayor reconocimiento e idolatrados por sus pares no hayan hecho ya mediante otras argucias y, seguramente, en la inocencia del modo en que Torres elige exponerse consigue subliminalmente poner en tela de juicio muchos de los dilemas existentes en torno la figura del arquitecto como sirviente del poder y el modo en que el arquitecto ha podido acabar siendo simultáneamente encarnador y víctima de los propios estereotipos culturales sobre su presencia cultural y social.

Es preciso por otro lado comprender también que el programa ha usado deliberadamente a Joaquín Torres para hacerlo un estereotipo útil para una narración televisiva cuyo objetivo final (su recurso para generar ‘entretenimiento’) es exponer a un profesional que representa sin pudor a un arquetipo de triunfadores alejados de las realidades cotidianas que la sociedad actual en crisis está deseando cuestionar y tal vez también acusar. Si Torres quiso utilizar la televisión para su propio beneficio es porque en el fondo desconoce las reglas de este medio, que finalmente siempre ganará y terminará fagocitando en su propio beneficio a aquél que la usa o entra en ella.

En el caso concreto de El Secreto se hace finalmente difícil discernir si Joaquín Torres ha intentado mostrar lo que para él es el ser arquitecto frente a las cámaras y culminar su deseo de sentirse integrado dentro de un modelo mitificado de profesional, o bien acaba involuntariamente cayendo en la trampa de un programa que ha guionizado su figura para que ‘la audiencia’ reciba la versión de una imagen estereotipada de arquitecto y que asocia indisolublemente la arquitectura a la élite, que es la que espera encontrar y sabe reconocer y admirar.

Tal vez lo que queda claro es que el problema no es que los arquitectos ni la arquitectura estén en los medios, sino que el arquitecto y la arquitectura se subordinen a esos parámetros simplistas de los realities televisivos y el resultado sea una imagen extravagante y poco creíble que, en la sensiblería de este caso y pese a tratar de lograr lo contrario, únicamente incide en evidenciar la distancia entre ese estereotipo del arquitecto y la sociedad.

sábado 13 de junio de 2009

CUESTIÓN DE SENTIDO COMÚN


Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABCD las Artes y las Letras - Número 906

En un presente marcado por diatribas y el alzamiento de banderas ‘ecologistas’ de conveniencia e imposturas sobre la sostenibilidad, la manifiesta evidencia de estar asumiendo la realidad sobre el desequilibrio climático y el agotamiento de los recursos y la búsqueda de soluciones a ésta haciendo uso del más primordial sentido común, desde una postura radicalmente contraria a esos vedetismos apoyados en discursos de falsa concienciación y promesas de edificios redentores, hace del arquitecto chileno Alberto Mozó un consistente referente para este momento.

Mozó plantea un modo de hacer basado ciertamente en la sensatez, en la obstinación a afrontar el estado crítico de la situación y a evitar eludir la responsabilidad del arquitecto: “El 50% del gasto energético que se realiza en el mundo y el 50% de los deshechos que se generan se decide en estudios de arquitectura. Que los arquitectos hoy hayan comenzado a colgarse la etiqueta ‘eco’ o ‘sostenible’ sólo significa que se han hecho cargo del despilfarro de la energía. En este estado de las cosas resultan absurdos estos discursos sobre edificios que giran, o persiguen la sofisticación formal …”, afirma con una directa contundencia, tras la que subyace una postura de sublevación contra las tendencias que están dominando el mercado arquitectónico hoy y cómo éstas estas teniendo una intervención crucial para el mantenimiento de un estado que persiste en la generación de malgasto que rige el sistema y sumiéndolo en una inercia de situaciones perjudiciales a nivel económico y social.

El fundamento de base de la arquitectura de Alberto Mozó es un pragmatismo absoluto y directo. De esta cualidad, deriva su fuerte convicción en la trascendencia política que supone la construcción de todo edificio, un acto que hoy debe concebirse como un modo de formular una solución efectiva al problema climático y energético que se realiza desde la comprensión de las dinámicas de los sistemas económicos globales y locales, pero que se formula como una estrategia de aplastante coherencia y que representa verdaderamente la materialización de la posibilidad de unas nuevas perspectivas a través de las que imbuir al concepto ‘edificio’ de una nueva definición y dimensión.

No es exagerado afirmar que su edificio de oficinas y tienda BIP Computer en Providencia (Santiago de Chile), galardonado en 2008 con el premio Internacional para Arquitectura Emergente otorgado por la revista Architectural Review de Londres, con el debe ser considerado como un referente de acción y ejemplo de un nuevo paradigma arquitectónico: ‘un edificio que elude la demolición’.

Alberto Mozó comprende la arquitectura como construcción, la objetividad se transforma en exigencia por cuanto de partida asume el futuro edificio como un cuerpo social que tendrá consecuencias y repercusiones más allá de las apreciaciones y sanciones a sus cualidades estéticas, un factor que él sitúa a un nivel secundario y perteneciente a una dimensión privada del trabajo arquitectónico. No parte de apriorismos formales, sino de una serie de restricciones autoimpuestas que tienen más que ver con el potencial del material con que va a trabajar, las piezas con que construirá…

En el edificio BIP Computers se demuestra que la aplicación de la lógica constructiva y la estandarización de materiales y del trabajo manual no están reñidas con el logro de belleza y armonía en arquitectura, y que los condicionantes, a priori limitadores del trabajo, se convierten en aliados que lo nutren de sentido y abren posibilidades positivamente insospechadas para desarrollos como éste, basadas en la anteposición de la sensatez y la atención del arquitecto a las dinámicas de funcionamiento real del contexto donde se va a emplazar el edificio, para lograr con él un actor eficiente y simultáneamente capaz de operar reacciones y transformaciones positivas.

El compromiso de Alberto Mozó es construir con materiales de alta reciclabilidad, en su caso, con la madera (abundante en Chile pero habitualmente usado para edificaciones de bajo coste), hace que la idea de reutilización esté inextricablemente vinculada a la de rentabilidad, como pone de manifiesto este edificio.

Constatando cómo dentro del actual sistema de mercado aquello que posee un valor real y permanente es el suelo sobre el que una construcción Mozó plantea su concepción del edificio como un objeto transitorio con un alto valor residual. “El concepto mueble me parece algo más interesante que la propia arquitectura. El término mueble es un término jurídico medieval que designa los objetos heredables que son transportables. Es en el transcurso del tiempo cuando aparece el término inmueble, como aquellas cosas heredables pero que no podían moverse. Creo que hoy el inmueble designa el valor del terreno: el terreno en sí es aquello que tiene valor, puesto que la casa no vale nada, es despreciable a nivel de valor”, razona, basando en esta idea la posibilidad de que en el momento en que deba ser remplazado el edificio en su integridad pueda ser fácilmente reconstruido en otro emplazamiento o sus materiales revendidos y reciclados, generando así un beneficio para su propietario y evitando que la construcción devenga un montón de escombros inútiles. “El edificio tiene diversos potenciales de interés para su reutilización, en función del comportamiento del mercado. Se trata ante todo de ofrecer al cliente la posesión de una arquitectura que tiene posibilidades de ciclos en el futuro”.

No es sólo en este logro de crear un producto rentable para el cliente y simultáneamente sostenible para el entorno donde radica el mérito del planteamiento de Mozó, sino la voluntad asimismo de proponer recursos que permitan levantar edificios de presupuesto acotado al máximo y cuyos métodos de construcción sencillos permitan la mejora de condiciones laborales y salariales para los empleados en la obra, otro reflejo de la fuerte inquietud social que impregna su trabajo y que atribuye a la influencia del arquitecto paraguayo Solano-Benítez: “Todo el interior del edificio es una unión seca. Todos los elementos son articulables, desmontables. Traté de hacer un edificio económico y me impuse unos límites. Emplear el mismo tipo de perno me garantizaba tener un buen precio al comprar una gran cantidad de la misma pieza. Usar el mismo tipo de unión, como sucede en éste, nos dio la oportunidad de poder emplear a personas que habitualmente hacen tareas que les reportan una baja remuneración (barrer, cargar herramientas…), y que aquí, les pusimos un cinturón, les dimos una llave y les encargamos ejecutar un trabajo mecánico que inmediatamente aprendieron a hacer y así, duplicar su salario”.

En este contexto actual donde predomina esa actitud tendiente a la elaboración de ficciones constructivas y discursivas, este pragmatismo sensible de Alberto Mozó es una aproximación a una forma de hacer arquitectura que nos conduce a soluciones posibles y reales y en total concordancia con nuestro tiempo. Obviamente, la suya no es la única estrategia pero sí posee la consistencia de la que otras cargadas de especulaciones vanas adolecen e inocula el necesario estímulo del deseo de formular otras definiciones, otras posibilidades, la fuerza de unos ideales.

Fotografía Cristobal Palma