
Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABCD las Artes y las Letras - Número 894
(Versión original de los autores)
Entre el peso de la agotadora frivolidad que caracterizó los contenidos a la primera Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje de Canarias, cuya premisa de partida apuntaba a la necesidad de llevar a cabo una reformulación profunda de los modos de relación y construcción con el paisaje natural en el archipiélago, se pudo vislumbrar el potencial que este evento tenía para ir más allá de la esterilidad de ser el mero escaparate de obras artísticas e intervenciones paisajísticas que, salvo notables excepciones, se complacían en un esteticismo vacuo. La conclusión ante ella y su continuidad era que la Bienal podía, y sobretodo debía, definirse como un activador y canalizador de sus propios procesos y motivos de reflexión para llevar a cabo esa construcción de una identidad canaria dentro de las estructuras del siglo XXI.
Esta edición se arriesga a formularse a partir del rico, de ecos poéticos y éticos, pero difuso y frágil, concepto de ‘silencio’, un argumento para ‘escuchar lo que habitualmente se escapa’; silencio para ‘escuchar al paisaje’. La metáfora adquiere su fuerza al plantear el silencio como figurado espacio para la reflexión, donde plantear cómo restablecer el vínculo con el paisaje y sus matices (de armonía y conflictos). El propósito de esta edición es, en palabras de su director Juan Manuel Palerm Salazar, es ‘construir un diagnóstico del paisaje como tal’ un ‘espacio de reflexión’.
La Bienal se centra en dos proyectos, “Inmersiones. Paisajes de redes: sistemas, mallas y estructuras”, cuyo escenario es Las Palmas de Gran Canaria y ‘Escenas y Escenarios. Paradojas del bienestar: el consumo de imaginario y el imaginario de consumo’, en Santa Cruz de Tenerife. El primero es un análisis del paisaje a través de los elementos que lo conforman y la forma en que éstos operan, pretende ser un ‘laboratorio interdisciplinar, capaz de analizar estructuras a todos los niveles de escala y complejidad’. La segunda, trata de mostrar e interrogarse acerca de los modos y mecanismos en que los espacios tanto urbanos como naturales son producidos, usados y consumidos y convertidos en producto cultural y económico.
Posiblemente lo que queda patente para un visitante del exterior es que la sociedad canaria está reclamando desesperadamente una reflexión profunda y seria sobre el tema del territorio insular y, por consiguiente, de la arquitectura que se ha construido sobre él. Es palpable en esta sociedad que ha padecido una situación traumática por la profundidad, velocidad y agresividad con que se produjeron los cambios que alteraron, destrozando muchas veces, el paisaje y que todavía hoy y que la inercia gubernamental continúa en algunos sentidos de manera con esta actitud depredadora.
Por eso, lo peor que puede hacer un foráneo es posicionarse en este debate entre apocalípticos e integrados, puesto que haría un flaco favor a una sociedad que precisa de una discusión propia, abierta y total sobre las cuestiones del territorio que seriamente le acucian. Seguramente esta bienal tiene un componente de tapadera bajo la cual ocultar las contradicciones y los despropósitos que está perpetrando el gobierno insular y de esta manera hacer un lavado de cara. Pero también un evento como éste es propiciador del encuentro y la posibilidad del diálogo.
La Bienal es imperfecta pero en esta segunda edición se ha sido consciente y se han aplacado aquellos fastos de la primera. La ambiciosa idea de situar los escenarios de la bienal en todo el archipiélago de entonces se ha remplazado por la más sensata de concentrarla en las islas capitalinas (además de la situación de unos laboratorios de observación en diferentes puntos del archipiélago).
Las intenciones, a pesar de la caótica primera impresión, son muy buenas pero da la sensación de que la inauguración del evento encontró al director Palerm Salazar y a su equipo en una etapa de desconcierto, como si todavía se hallaran en medio de una reunión de ‘brain-storming’. Como atenuante debe señalarse que por problemas de dimisiones y conflictos, la Bienal acabó organizándose en un periodo de seis meses.
Hay demasiado material expuesto y cuesta entenderlo y asimilarlo. La cantidad de material reciclado que muchos avispados han sabido colocar ante este desconcierto y prisas y la obsesión actual por exhibir los nombres más que por recurrir a una búsqueda objetiva de ideas hacen tropezar con la presencia incoherente pero recurrente de muchos personajes ubicuos del mundo de la arquitectura pero de cuya obra ya se hace evidente la incierta solidez y olor rancio de obras e ideas que ninguna relación posible tienen con Canarias, ni aportan nada al desarrollo de nuevas situaciones en el archipiélago. La consecuencia de la saturación de obras de este tipo ha sido una cierta sensación de que antes que mirar hacia el presente o futuro, la bienal está involuntariamente echando la mirada atrás.
El abuso de la tecnología en los montajes a la hora de exhibir: pantallas de plasma, proyecciones…ponen en duda cómo debe exhibirse ya no sólo la arquitectura como edificios construidos sino la reflexión sobre asuntos arquitectónicos.
La inclusión de personajes completamente a destiempo, como la de Peter Greenaway, recuperando su pastiche posmoderno El Vientre del Arquitecto es totalmente prescindible. En cambio, la intervención inaugural de Kengo Kuma como un arquitecto actual, que trabaja con constantes y reflexiones sobre el lugar, la materialidad, la escala, la vigencia de la tradición constructiva… ha resultado un notable acierto.
Tal vez mantener al mismo equipo gestor de esta segunda edición pueda propiciar que la próxima edición comience a encontrar su eje. Si este equipo lleva a cabo ahora una tarea de reflexión introspectiva y con las ideas más claras y decantadas permitirá el afianzamiento y coherencia de los contenidos para la próxima. Poner sobre el tablero las cuestiones urgentes, planteando unas reglas de juego sólidas, que ayuden a consolidar un perfil estrictamente propio y beneficioso para la sociedad proporcionaría una identidad y capacidad crítica evitaría para el futuro que en este evento se cuelen los habituales convidados de piedra (y de temporada) con sus montajes e ideas huecos y polivalentes, y que desorientan más que aportan.
En esta edición, la Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje de Canarias ha vuelto a demostrar que es un evento mejorable, pero un instrumento de pensamiento necesario, fundamentalmente por su valor catártico.


