domingo 22 de marzo de 2009

BUSCANDO SU LUGAR



Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABCD las Artes y las Letras - Número 894

(Versión original de los autores)

Entre el peso de la agotadora frivolidad que caracterizó los contenidos a la primera Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje de Canarias, cuya premisa de partida apuntaba a la necesidad de llevar a cabo una reformulación profunda de los modos de relación y construcción con el paisaje natural en el archipiélago, se pudo vislumbrar el potencial que este evento tenía para ir más allá de la esterilidad de ser el mero escaparate de obras artísticas e intervenciones paisajísticas que, salvo notables excepciones, se complacían en un esteticismo vacuo. La conclusión ante ella y su continuidad era que la Bienal podía, y sobretodo debía, definirse como un activador y canalizador de sus propios procesos y motivos de reflexión para llevar a cabo esa construcción de una identidad canaria dentro de las estructuras del siglo XXI.

Esta edición se arriesga a formularse a partir del rico, de ecos poéticos y éticos, pero difuso y frágil, concepto de ‘silencio’, un argumento para ‘escuchar lo que habitualmente se escapa’; silencio para ‘escuchar al paisaje’. La metáfora adquiere su fuerza al plantear el silencio como figurado espacio para la reflexión, donde plantear cómo restablecer el vínculo con el paisaje y sus matices (de armonía y conflictos). El propósito de esta edición es, en palabras de su director Juan Manuel Palerm Salazar, es ‘construir un diagnóstico del paisaje como tal’ un ‘espacio de reflexión’.

La Bienal se centra en dos proyectos, “Inmersiones. Paisajes de redes: sistemas, mallas y estructuras”, cuyo escenario es Las Palmas de Gran Canaria y ‘Escenas y Escenarios. Paradojas del bienestar: el consumo de imaginario y el imaginario de consumo’, en Santa Cruz de Tenerife. El primero es un análisis del paisaje a través de los elementos que lo conforman y la forma en que éstos operan, pretende ser un ‘laboratorio interdisciplinar, capaz de analizar estructuras a todos los niveles de escala y complejidad’. La segunda, trata de mostrar e interrogarse acerca de los modos y mecanismos en que los espacios tanto urbanos como naturales son producidos, usados y consumidos y convertidos en producto cultural y económico.

Posiblemente lo que queda patente para un visitante del exterior es que la sociedad canaria está reclamando desesperadamente una reflexión profunda y seria sobre el tema del territorio insular y, por consiguiente, de la arquitectura que se ha construido sobre él. Es palpable en esta sociedad que ha padecido una situación traumática por la profundidad, velocidad y agresividad con que se produjeron los cambios que alteraron, destrozando muchas veces, el paisaje y que todavía hoy y que la inercia gubernamental continúa en algunos sentidos de manera con esta actitud depredadora.

Por eso, lo peor que puede hacer un foráneo es posicionarse en este debate entre apocalípticos e integrados, puesto que haría un flaco favor a una sociedad que precisa de una discusión propia, abierta y total sobre las cuestiones del territorio que seriamente le acucian. Seguramente esta bienal tiene un componente de tapadera bajo la cual ocultar las contradicciones y los despropósitos que está perpetrando el gobierno insular y de esta manera hacer un lavado de cara. Pero también un evento como éste es propiciador del encuentro y la posibilidad del diálogo.

La Bienal es imperfecta pero en esta segunda edición se ha sido consciente y se han aplacado aquellos fastos de la primera. La ambiciosa idea de situar los escenarios de la bienal en todo el archipiélago de entonces se ha remplazado por la más sensata de concentrarla en las islas capitalinas (además de la situación de unos laboratorios de observación en diferentes puntos del archipiélago).

Las intenciones, a pesar de la caótica primera impresión, son muy buenas pero da la sensación de que la inauguración del evento encontró al director Palerm Salazar y a su equipo en una etapa de desconcierto, como si todavía se hallaran en medio de una reunión de ‘brain-storming’. Como atenuante debe señalarse que por problemas de dimisiones y conflictos, la Bienal acabó organizándose en un periodo de seis meses.

Hay demasiado material expuesto y cuesta entenderlo y asimilarlo. La cantidad de material reciclado que muchos avispados han sabido colocar ante este desconcierto y prisas y la obsesión actual por exhibir los nombres más que por recurrir a una búsqueda objetiva de ideas hacen tropezar con la presencia incoherente pero recurrente de muchos personajes ubicuos del mundo de la arquitectura pero de cuya obra ya se hace evidente la incierta solidez y olor rancio de obras e ideas que ninguna relación posible tienen con Canarias, ni aportan nada al desarrollo de nuevas situaciones en el archipiélago. La consecuencia de la saturación de obras de este tipo ha sido una cierta sensación de que antes que mirar hacia el presente o futuro, la bienal está involuntariamente echando la mirada atrás.

El abuso de la tecnología en los montajes a la hora de exhibir: pantallas de plasma, proyecciones…ponen en duda cómo debe exhibirse ya no sólo la arquitectura como edificios construidos sino la reflexión sobre asuntos arquitectónicos.

La inclusión de personajes completamente a destiempo, como la de Peter Greenaway, recuperando su pastiche posmoderno El Vientre del Arquitecto es totalmente prescindible. En cambio, la intervención inaugural de Kengo Kuma como un arquitecto actual, que trabaja con constantes y reflexiones sobre el lugar, la materialidad, la escala, la vigencia de la tradición constructiva… ha resultado un notable acierto.

Tal vez mantener al mismo equipo gestor de esta segunda edición pueda propiciar que la próxima edición comience a encontrar su eje. Si este equipo lleva a cabo ahora una tarea de reflexión introspectiva y con las ideas más claras y decantadas permitirá el afianzamiento y coherencia de los contenidos para la próxima. Poner sobre el tablero las cuestiones urgentes, planteando unas reglas de juego sólidas, que ayuden a consolidar un perfil estrictamente propio y beneficioso para la sociedad proporcionaría una identidad y capacidad crítica evitaría para el futuro que en este evento se cuelen los habituales convidados de piedra (y de temporada) con sus montajes e ideas huecos y polivalentes, y que desorientan más que aportan.

En esta edición, la Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje de Canarias ha vuelto a demostrar que es un evento mejorable, pero un instrumento de pensamiento necesario, fundamentalmente por su valor catártico.

sábado 14 de marzo de 2009

EL ESPEJO JAPONÉS


Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABCD las Artes y las Letras - Número 893

La historia japonesa reciente se divide en dos períodos nítidamente definidos por el estado económico del país: el período denominado ‘burbuja’, que se extendió durante los años ochenta; y el período ‘post-burbuja’, que comenzó al final de esa década.

La burbuja en Japón constituyó un proceso de revalorización de los activos financieros e inmobiliarios del país que se extendió durante la década de los ochenta, y que es considerada una de las mayores burbujas especulativas de la historia contemporánea. En el período que abarca desde 1955 a 1989, el valor de los bienes inmuebles japoneses se multiplicó por setenta y cinco, un valor que suponía el 20% de la riqueza mundial. Hacia 1990, el valor del suelo japonés era cinco veces superior al del territorio completo de los Estados Unidos, cuya superficie es veinticinco veces mayor al japonés. El suelo del área metropolitana de Tokio tenía el mismo valor que el de todo Estados Unidos.

Aparecen ahora editados casi simultáneamente dos volúmenes en los que se analiza cómo los flujos de la economía interior incidieron sobre el desarrollo de la arquitectura en Japón durante ese período y el posterior periodo de recesión que le siguió. Perfectamente complementarios, el volumen de Botond Bognar ofrece una clarificadora síntesis sobre ambos períodos en un ensayo y una exhaustiva selección de proyectos, mientras que el de Thomas Daniell es una colección de precisos ensayos sobre edificios, la coincidencia de su publicación permite, a través de la lectura de ambos, realizar una mirada focalizada sobre un caso muy concreto de situación de crisis económica. Significativamente, ambos títulos eligen situar la orientación de su mirada hacia este último periodo, el de la post-burbuja, el periodo en el que los arquitectos japoneses debieron afrontar la necesidad de reformular de manera drástica la función y estética de los nuevos edificios a construir para adecuarlos a las condiciones económicas y sociales marcadas por la recesión económica.

El período ‘burbuja’ fue un periodo de gran poder económico que permitió a este país desarrollar una inusitada producción arquitectónica que la alzó como el principal centro de influencia a nivel mundial. Los préstamos bancarios permitieron que hubiera dinero disponible para cualquier aventura arquitectónica . Dentro de un mercado económico competitivo y exacerbado, con objeto de aprovechar al máximo el margen de beneficio de cualquier inversión, la arquitectura resultante debía ser no sólo vanguardista sino también lo más impresionante posible. La situación generó no sólo trabajo para los arquitectos nacionales sino que atrajo también a los arquitectos de prestigio de Occidente, otorgándoles encargos para construir en las mejores condiciones presupuestarias imaginables y con la excelencia de la industria constructora japonesa. Arquitectos e ingenieros fueron tentados para probar hasta qué punto podían tensar los límites de sus habilidades para desafiar el potencial de la tecnología, tanto a nivel estructural y constructivo como mediante la aplicación de herramientas digitales y electrónicas.

La arquitectura de este periodo fue el de la manifestación de una cultura que comprendía la realidad como pseudo-experiencia, algo que vino reforzado por la sociedad de consumo , arquitectura inspirada por un status quo de aceleración, simulación y caos. La experimentación fue durante este período no una opción sino una condición de la que no podía escaparse. El final de la burbuja se sitúa entre comienzos de 1988 y mediados de 1990, y aunque algunos de aquellos grandes proyectos se continuaron, el ritmo de construcción se ralentizó drásticamente y numerosos pequeños estudios fueron incapaces de sobrevivir a la situación.

Lo que plantean en sus libros Bognar y Daniell es que la recesión supuso para Japón el inicio de un periodo de reflexión sobre la arquitectura y sus sentidos. Las pomposidades posmodernas desaparecieron a favor de planteamientos más moderados, promovidos por los propios arquitectos, que en el caso de los consagrados y bien establecidos fueron urgidos a virar el rumbo de su arquitectura o, en el caso de la generación joven, partieron desde una comprensión totalmente nueva sobre la arquitectura y el diseño.

En el caso de estos últimos, las dificultades para construir se reciclaron en la determinación para realizar un trabajo de investigación empírica de la realidad urbana y sus condiciones gracias al cual elaboraron un aparato intelectual que les ha permitido comprometerse con su contexto proponiendo soluciones fundamentadas en el pragmatismo de lo cotidiano y la realidad. A la monumentalidad se opuso la aplicación de materiales industriales ligeros, complementados con un nuevo método de diseño que condujo hacia una nueva sencillez minimalista en el que se diferenciarían dos variantes: un minimalismo efímero, inspirado por la influencia de Toyo Ito, al que pertenecería la arquitectura de SANAA, Toshiaki Ishida o Jun Aoki y que busca una abstracción de efectos visuales y perceptivos. Frente a ella se situaría la concepción arquitectónica de Tadao Ando, Kengo Kuma o, que se expresa desde la fuerza tectónica de la estructura y la racionalidad constructiva, y la experimentación material de Shigeru Ban.

La era post-burbuja japonesa propició un momento de inflexión y reflexión basado en la búsqueda de una cierta esencialidad de la arquitectura. Teniendo presente que debe rehuirse cualquier intención de mitificar este período, ni efectuar una lectura purista, ni adjudicarle un estoicismo que no le corresponde – ya que es fundamental tener presente que en este periodo se construyeron o finalizaron edificios concebidos durante la burbuja-, y constatando que el compromiso ideológico del cambio sólo se puede entrever en algunos arquitectos que muchas veces asumieron el cambio forzado por las circunstancias en Japón pero no aplicaron las mismas recetas fuera de las fronteras niponas, debe no obstante reconocerse que la posibilidad de realizar una reflexión sobre la era de la recesión japonesa, también llamada ‘década perdida’, llega en el momento más oportuno a la realidad española.

La ruptura con el delirio y la desmesura incitada por el poderío económico impuso sobre la arquitectura japonesa el sustrato de una actitud mental que obliga a situarse en el análisis minucioso de los factores reales del presente, enfatizando en la conciencia responsable de la arquitectura para ser simultáneamente un elemento social y reflejo conceptual de su tiempo.

Sin ser necesario extrapolar el origen y el sentido del fenómeno japonés, comparar el período que va desde principios de los 90 y que se exacerbó a partir de 1997 a raíz de la burbuja inmobiliaria y el ‘efecto Guggenheim’, que transformó a España en el paraíso prometido para especuladores del ladrillo y arquitectos ambiciosos, la actual entrada en un serio período de recesión va a obligar a los arquitectos a tener que desarrollar nuevas estrategias y definiciones para la arquitectura, y tal vez el caso japonés sea un buen espejo donde mirarse.



Botond Bognar, Beyond the Bubble: The New Japanese Architecture, Londres : Phaidon, 2009.







Thomas Daniell, After the Crash: Architecture in Post-Bubble Japan, Nueva York: Princeton Architectural Press, 2008.