sábado 31 de enero de 2009

EL CONTENEDOR ES LA RESPUESTA

Por Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABCD las Artes y las Letras - Número 887

Dentro del presente panorama de crisis económica se hace preciso reafirmar la sensatez de la arquitectura. No ya sólo por la evidente imposibilidad inmediata de invertir presupuestos ilimitados en edificios estrella, sino por el modo en que este contexto plantea la necesidad de demostrar la fuerza de la arquitectura como un actor que puede actuar como un regenerador dentro de esta situación para redefinir nuevos patrones de funcionamiento social y cultural, que sirvan asimismo para construir una definición de arquitectura verdaderamente coherente para este momento y el futuro más próximo.

El uso de contenedores en arquitectura está comenzando a experimentar un interesante desarrollo y consolidación, que está haciendo patente su potencial para generar interesantes soluciones constructivas polivalentes de bajo costo. “Se adecuan a los principios de firmeza y durabilidad, utilidad y abren un infinito potencial de soluciones e interpretaciones estéticas para el arquitecto” , explica Jure Kotnik, autor del volumen Container Architecture , donde mediante una selección de cuarenta y cinco proyectos pone de manifiesto cómo la transformación de contenedores de formato estándar ISO en viviendas, oficinas, locales comerciales, galerías de arte, escuelas, pabellones comerciales … se está constituyendo como la más sólida referencia modelo para la arquitectura construida de materia convencional para plantear una arquitectura útil y realista.

La rigurosa y didáctica selección elaborada por Kotnik no es sólo una síntesis de interesantes proyectos arquitectónicos sino un modo de acabar con la mirada fascinada y superficial que en los tiempos recientes se ha estado lanzando sobre la arquitectura de contenedores que, como Kotnik apunta, se había ido convirtiendo en los tiempos recientes en uno de los objetos de deseo favoritos de la avidez de novedades de los medios de tendencias, evidenciando que el uso de contenedores como bloques de construcción se trata de algo mucho más sólido que una simple moda atractiva nacida a la estela de los manifiestos arquitectónicos y artísticos de mediados de los años 90 para los que fueron empleados por primera vez.

En el contexto actual, en el que muchos casos los arquitectos han asumido y afrontado la responsabilidad ecológica como una cuestión de moda, que tiende a culminar en un mero eco-chic y en donde el gasto de energía y materiales no logra ni el ahorro ni la sostenibilidad que son su teórico objetivo, los contenedores no deben entenderse como una herramienta que se pone al servicio de esta moda sino como la evidencia de la factibilidad de la reutilización de materiales descartados para un uso concreto, la posibilidad de un reciclaje absolutamente integral de uno de los productos eminentemente paradigmáticos de la era industrial. Patentados en la década de los años 50 del siglo XX por Malcolm McLean, los contenedores ISO son elementos prefabricados, compactos, robustos, de paredes de acero y suelo de madera, resistentes a los cambios de temperatura y a las agresiones meteorológicas. Se producen masivamente, ya que son compatibles con todos los sistemas actuales de transporte. Hoy en día hay una ingente cantidad de contenedores abandonados en los puertos de todo el mundo, cuyo excedente supone un uso inútil de espacio así como un desperdicio de acero, y que los operadores portuarios venden a bajo precio.

Su estructura permite una construcción rápida y sencilla mediante ensamblaje, a la manera de gigantes piezas de lego. Precisan de una adecuación mínima para ser habitables: aislamiento, climatización; apertura de ventanas; instalación de ventanas; instalación de una fachada… De su posterior uso y de los gustos del futuro habitante dependerá si los contenedores son totalmente ocultados para dotar a la estructura de la apariencia de un clásico chalet familiar con una delicada fachada de madera, se prefiere preservar e intensificar su carácter de producto industrial o auténtica función original. Su flexibilidad le permite acoger espacios donde concretar todos los principios de la vivienda moderna o bien llevar al extremo investigaciones radicales a nivel espacial y estético.

Ese énfasis en el carácter material y estructural del contenedor -incluso contextual, ya que se trata de obras sitas en zonas portuarias- da lugar a obras como las galería de arte GAD de MMW Architects o el Kunstlab Orbiono de Luc Deleu y T.O.P Office, que culminan más espectacularmente en el Nomadic Museum de Shigeru Ban o el Container Mall de LOT-EK, que plantea una construcción que en su materialidad quiere yuxtaponerse a la arquitectura de vidrio y mármol de la zona urbana donde se situaría. A menor escala y en un uso provisional, Uniqlo, otro proyecto también diseñado por LOT-EK, evidencian a través de su expresividad estética su capacidad para constituir un foco a partir del cual generar eventos dentro del tejido urbano. Frente a este carácter, de entre los proyectos seleccionados por Kotnik, aparece Cubes de USM Ltd., un proyecto de vivienda y espacio laboral para artistas que sabe situarse con una presencia que busca la fusión material con el entorno rural donde se encuentra. Entre los proyectos producidos en España destaca el Centro Tecnolóxio Rural en Marrrozos (Galicia) de Arquitectos Asociados de Santiago, un sistema de contenedores operando como unidades de trabajo y vivienda; y el prototipo ‘Container Housing’ de Gustau Gili, que propone un sistema de células habitables de 30 a 90m2 basado en la dualidad entre los distintos espacios domésticos.

Se trate de construcciones estables o de construcciones efímeras, la arquitectura del contenedor expone la posibilidad de emergencia de nuevos parámetros de relación entre individuo- edificio- entorno de un modo que posiblemente no sugiere todavía con idéntica claridad e intensidad la arquitectura construida con materiales convencionales.

Asimismo, se hace hasta cierto punto verosímil y deseable la hipótesis propuesta por Kotnik: la de que el contenedor abra el camino hacia un nuevo funcionamiento del consumo de la arquitectura para la era de la información, comparable al modo en que funciona la industria del automóvil, y que permitiría a cada cliente elaborar una casa a la propia medida, localizando y adquiriendo por internet el tipo de unidad precisada, dirigiendo el proceso de construcción de una vivienda creada de acuerdo a sus necesidades específicas disponiendo de un asesoramiento profesional en línea.

El contenedor como material y base de trabajo y el sentido común como eje. Si en Occidente hay una sobresaturación de contenedores por la asimetría en el sentido de las importaciones procedentes del Lejano Oriente, la lógica empuja a decidir qué debe hacerse con esas estructuras descartadas para su función original. Su reutilización es una lección de ecología básica, que no es preciso adornar con discursos proselitistas. Estructuralmente sólidos, firmes y durables, son útiles gracias a un simple acondicionamiento. De eso se trata. El contenedor se presenta como una respuesta racional a un problema concreto, superando cuestiones estilísticas y haciendo secundaria la cuestión formal. Un ejemplo simple de reutilización y readaptación que nos lleva a pensar y retomar cuestiones esenciales, a no despilfarrar generando por la dictadura de la industria nuevos elementos que serán futuros desechos inutilizables. Hoy el contenedor ISO se alza como una respuesta que va a poder instigar el descubrimiento de otras muchas respuestas.

Jure Kotnik, Container Architecture, Barcelona: Links Books, 2008. 255 páginas.

martes 27 de enero de 2009

FLATIRON, LA ESBELTA PIEZA MAESTRA

Por Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABC, serie "Insólitos. Arquitectura"

Edificio Fuller (Flatiron) Arquitecto: Daniel Hudson Burnham Ubicación: Nueva York Año: 1909

En el encuentro de la Calle 23, la Quinta Avenida y Broadway, se halla uno de los iconos neoyorquinos: un rascacielos de ochenta y siete metros de altura, el Edificio Fuller, más conocido como Flatiron. Un edificio clasicista en su articulación externa, respetuoso la escala de las calles adyacentes y que se eleva libre, destacando su propia singularidad. Una singularidad basada en su distintiva planta triangular, que se aprecia especialmente bien desde la adyacente Madison Square, como si fuera una especie de artefacto para planchar o proa de navío, y que es la que dio pie a su bautizo con ese alias que ha perdurado y ha dado nombre al área del distrito de Manhattan donde se alza.
Su autor Daniel Hudson Burnham, un arquitecto e ingeniero, fue también autor de obras como la Estación Ferroviaria Union en Washington y algunos de los más importantes rascacielos construidos entre la década de los ochenta y noventa del siglo XIX y los primeros años del siglo XX en Chicago, estructuras que realizó en asociación con John Wellborn Root y que destacaban por el refinamiento y cualidad escultórica con que los arquitectos habían sido capaces de dotarles, tales como como los edificios Monadnock, Rookery y Reliance.
Aquellos primeros rascacielos fueron una de las expresiones arquitectónicas con las que se consolidaba la civilización industrial. El rascacielos es uno más de los artefactos de progreso nacidos del desarrollo tecnológico moderno. Nacieron en Chicago por la conveniencia de concentrar el funcionamiento de la ciudad en el centro. El acero como material constructiva y la invención del ascensor por Elisha Otis en 1853 permitieron cristalizar esta nueva concepción arquitectónica que permitía el planteamiento de una innovadora solución para la planificación urbana para la metrópolis estadounidense en aquellos tiempos.
Productos de de una actitud arquitectónica que procuraba hacer una ciudad que se embelleciera a través de los edificios, que a la vez representaba una armonía que los hacía ser uno de los símbolos utópicos de la era industrial, los rascacielos retenían desde su concepción todos los argumentos clásicos, reflejando el profundo conocimiento de la Historia de sus autores, que compartían la misma búsqueda de la armonía arquitectónica indagando dentro la dimensión orgánica de la naturaleza que inspiró las arquitecturas magníficas de la Antigüedad.
El orgullo de aquellos rascacielos levantados con la energía del espíritu de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX radicaba en su verticalidad, una verticalidad que se fundaba en la redefinición del esquema de basamento, fuste y capitel de la columna clásica: ‘Debe ser alto, hasta la última pulgada debe ser alto. La fuerza y el poder de la altura deben existir en él…una unidad sin una sola línea disidente’, escribió Louis Sullivan otro de los artífices de aquellas estructuras que se alzaban al cielo. La Escuela de Chicago, de la que Burnham fue uno de sus protagonistas, fue la que interpretó simbólicamente la altura del rascacielos como expresión metafórica del poderío de su tiempo y como su fundamento esencial de belleza.
A un siglo de su construcción, el Flatiron sigue siendo una pieza urbana maestra, pensada y construida con precisión para ese exacto enclave en que se halla, que continúa deslumbrando, exudando ese carácter de hito tecnológico que representó en su tiempo, símbolo del poder transformador de la revolución industrial, de la afirmación de la moderna identidad norteamericana desprendiéndose del lastre de la herencia del viejo espíritu europeo y fascinando al Viejo Continente con su audacia. Admirando aún su impecabilidad técnica, la intensidad de la emoción que el Flatiron aún hoy –cuando otras torres han superado su tamaño-, tal vez no sea muy distinta del impresionante asombro que podía causar a los transeúntes de 1909, y que radica en ese modo en que sigue expresando el orgulloso poder y fuerza de su esbelta altura.

martes 20 de enero de 2009

LA BIBLIOTECA EN LA CIUDAD DE BORGES



Por Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABC, serie "Insólitos. Arquitectura"


Biblioteca Nacional de la República Argentina de Clorindo Testa con Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga.
Ubicación:Buenos Aires
Año: 1961 (proyecto), 1972 (inicio construcción), 1992 (inauguración)

La biblioteca es una entidad arquitectónica proclive a concepciones metafóricas: son los cobijos físicos y simbólicos del saber y de la memoria humana, lugares donde un lector (lectores como Borges, como el Austerlitz de W.G. Sebald o el que descubre en una biblioteca sueca la Enciclopedia de los Muertos en el cuento de Danilo Kis) acude no sólo a leer sino al hallazgo de documentos que contienen la sabiduría y el misterio del mundo. El edificio de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires envuelve una pequeña historia curiosa. Una de esas historias que ponen que la realidad en el borde del universo de lo literario; que nos obligan a pensar que hay algo muy complejo, extraño y fantástico en torno a la realidad y que lo que aparecen como casualidades jamás son meros azares, sino una especie de signos sin un significado concreto sino infinitamente abierto, cuya función primordial es recordarnos constantemente que existe algo totalmente inaprensible en torno al modo en que la realidad se hace visible, interconectando tiempos y lugares e incluso seres.

En 1961, el arquitecto Clorindo Testa ganó el concurso convocado para el nuevo edificio de la Biblioteca Nacional de la República Argentina. Durante el proceso de los trabajos de excavación previos a la construcción, en 1971, se descubrió el fósil del caparazón de un gliptodonte: un mamífero prehistórico herbívoro, extinguido hace más de 10.000 años y considerado antepasado del armadillo, que llegaba a tener un tamaño de tres metros y a sobrepasar la tonelada de peso. Las corazas de este animal fueron comprendidas como una forma de arquitectura por los humanos primitivos, que las emplearon como refugios. Clorindo Testa reconoció un vínculo evidente entre aquel hallazgo y su proyecto: como si la latencia de aquella ancestral estructura orgánica que diera origen a una primera estructura arquitectónica hubiera emergido, inspirándole inconscientemente la forma del cuerpo del edificio a levantar en aquel preciso lugar.

El proyecto debía permitir que se respetase al máximo la vegetación existente y permitir la mayor cantidad posible de superficie libre, ya que el edificio se asentaría sobre un jardín de gran valor histórico y natural. Por ello, Testa proyectó un vasto cuerpo rectangular, apoyado en el suelo con cuatro robustos pilares, donde se alojan ascensores y escaleras, situando en la planta baja el vestíbulo. Este recurso permitió generar una plaza cubierta. Los depósitos de libros se colocaron bajo tierra y las salas de lectura se situaron en las plantas superiores, sobre el volumen que conteniendo las oficinas administrativas, una sala de exposiciones, un auditorio, una cafetería y un balcón terraza.

El edificio de la Biblioteca Nacional es, junto al Banco de Londres también en Buenos Aires, la mejor obra de este arquitecto argentino nacido en Nápoles (Italia) en 1923. El trabajo expresivo logrado mediante hormigón y su impronta a nivel urbano lo convierten en uno de los hitos de la historia de la arquitectura de la segunda mitad del siglo XX.

En el relato de la historia de esta biblioteca es necesario tener en cuenta las tres décadas transcurridas entre la realización el diseño sobre papel del proyecto hasta su inauguración. Treinta años se antojan cronológicamente demasiados para culminar un edificio; y subjetivamente se transforman en una eternidad por los desastres provocados social y culturalmente en Argentina en ese período a causa de la inestabilidad política generada por los sucesivos gobiernos militares. Se suma a esto la paradoja de que fuera el nombre de Carlos Menem, uno de los presidentes que más ahínco pusiera para la decadencia cultural del país, el que finalmente figurara en la placa que inauguraba este soberbio edificio.

A pesar de los avatares del tiempo, la Biblioteca no ha envejecido, sino que sigue manteniendo la fuerza y la vigencia poética de los edificios nacidos de esa sustancia de algo intemporal.

sábado 10 de enero de 2009

VIENTOS DE CAMBIO


Por Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en ABCD las Artes y las Letras - Número 885

Trabajar o escribir ante una ventana cubierta de plantas enredaderas; ver la luz del sol extenderse sobre el suelo; estar de pie mirando a través de la ventana; poder ver el paisaje, la vegetación o los árboles mientras se está sentado; acceder fácilmente a nuestras pertenencias sin advertir su presencia constantemente; leer en la cama; sentarse cómodamente y poder hablar sobre una velada; disfrutar de buenos niveles de ventilación en verano; bajar persianas de madera en invierno. Alison y Peter Smithson realizaron esta enumeración de detalles acompañados de dibujos hechos a trazos, listados bajo el título ‘Pequeños placeres de la vida’, ilustrando un artículo que reflexionaba sobre las transformaciones sobre la forma y el espacio de las viviendas modernas que se publicó en 1957. Deleites que encapsulan una concepción ideal y armónica de la arquitectura que debe servirnos para habitar y que suenan altamente seductoras para estos tiempos en que el reencuentro con la sencillez ha sido convertido en un concepto de moda, pero que hoy –tal como los Smithson lo hicieron - debemos entender y proclamar fundamentalmente como la afirmación de una convicción firme y profunda acerca de cuál es la función primordial de la arquitectura.

La creencia en esos principios es la responsable del edificio de 27 viviendas para jóvenes en Barcelona y el Hotel Aire de Bardenas (Tudela), dos obras realizadas por Emiliano López y Mónica Rivera y que han recibido en 2008 el Premio FAD de Arquitectura y el premio Internacional para Arquitectura Emergente otorgado por la revista Architectural Review de Londres respectivamente, y en las que vibra de manera clara una sensibilidad que calladamente exuda como primer valor la fuerza de una honestidad que parece instintivamente buscar como primer principio aquel talento que los Smithsons admiraban en Le Corbusier: saber hacer de la necesidad disfrute de uso, trabajando aferrados a un sentido común que es consciente de la obligatoriedad de hacer de cada arquitectura una forma de suave y accesible lirismo, incapaces y sobretodo desinteresados de agarrarse a caprichos o fatuidades para hacer de ellas pretextos o falsos experimentos que pueden transformar en entidades yuxtapuestas a individuo y edificio.

Su arquitectura opta por adecuarse a los principios que la hagan ser algo hecho a medida y necesidad de lo humano; que elige ligarse y aprovechar las condiciones del entorno para ajustar nuestras rutinas a los ritmos de la luz, de las estaciones, de las imágenes que nos rodean…para gozar a través de lo construido de un bienestar comprendido como apacibilidad para los sentidos y el espíritu y que, desde ese disfrute, convierte la relación del individuo con la arquitectura en una vivencia integral, no limitada a ser un mero acto funcionalizado, anestesiado, del habitar.

Esto es algo evidentemente perseguido y notablemente logrado en el edificio de viviendas sociales en Barcelona, un proyecto para el Institut Català del Sòl que plantea una ruptura con los estereotipos sobre la concepción y uso de la vivienda a través de la reflexión minuciosa sobre las necesidades cotidianas de una persona joven hoy. Reivindicando la factibilidad de lograr una vivienda social eficiente y dotada de buenas cualidades espaciales, han recuperado en este proyecto elementos propios de la arquitectura vernácula mediterránea evidenciando su vigencia y han planteado una diversidad de espacios que prolongan el ámbito privado en diferentes ambientes públicos y semi-públicos que redefinen el sistema doméstico a partir de esas posibilidades de uso del interior y el exterior.

La responsabilidad respecto a lo social adquiere en el trabajo de Emiliano López y Mónica Rivera su propio modo de definición, que posiblemente haya que comprender vinculada a su aproximación a este proyecto como realizado ‘de dentro hacia fuera, algo que puede interpretarse como una concepción del individuo y lo humano como principio básico para producir una arquitectura que sirva positivamente a la sociedad.

Los apartamentos del edificio de viviendas poseen de base la misma delicadeza y amable elegancia de los interiores del Hotel Aire de Bardenas, una construcción que se desarrolla en planta baja, tratando que la monocromía de las estructuras cúbicas prefabricadas que lo conforman no destaque entre la impactante serenidad del paraje desértico donde se ubica, ofreciendo a los usuarios ambientes despejados, sencillos y silenciosos que les acerquen a la belleza austera y rural del paisaje.

Los tiempos en arquitectura son cíclicos. Los vaivenes, tanto económicos como culturales, son determinantes de los modos y las tendencias que deben seguirse, a las que algunos pocos se resisten y plantan cara. Que un premio como el FAD recaiga sobre un edificio de protección oficial muestra a las claras un cambio de ciclo, más aún cuando el premio se otorga a unos arquitectos que no pertenecen a la línea mediática (entre los finalistas figuraban algunos de ellos, presentando edificios fastuosos) y que hacen de su trabajo un acto de proclamar el agotamiento de la objetualidad, la necesidad de volver a entender que arquitectura y usuario son conceptos necesariamente complementarios y no contrapuestos.

El doble reconocimiento a estos arquitectos no es mera casualidad: probablemente que este año se hayan llevado estos galardones sea un signo dictado por este incipiente cambio en la dirección de los vientos. Emiliano López y Mónica Rivera materializan el progresivo acontecimiento de un cambio silencioso hacia una arquitectura comprometida, que retoma un modelo social entendido de manera profunda y amplia, la cual se había perdido deliberadamente bajo los fastos de la tecno-posmodernidad puesta al servicio del poder y de la prensa arquitectónica en detrimento de aquella otra arquitectura pensada para el ser humano. Y es preciso enfatizar, ante esas súbitas y oportunistas conversiones o esas proclamas que argumentan estos principios como innovación que ya están emergiendo y emergerán, que su modo de hacer refleja una postura consistente, ya patente desde sus inicios, fruto de un trabajo firme y una lectura del tiempo y de la arquitectura a la que no le interesa ni le ha interesado casarse con las modas.

Tienen la capacidad de hacer edificios sólo aparentemente simples, pero producto de una compleja y sutil elaboración mental que les libera de la necesidad de revestirla de artificios intelectuales o estéticos. Repensada desde la sensibilidad del espíritu más contemporáneo, en estos dos edificios, se presiente la revivificación de la esencia de esos principios que no requieren de maquillaje, puesto que se construyen de arquitectura pura.

Fotografía: José Hevia

jueves 1 de enero de 2009

EL PAISAJE VIVO

Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste
Publicado en PERIFERICA, n.10, Vila Pouca de Aguiar (Portugal), julio 2004.


... mirar todavía con asombro las extrañas cosas que hemos construido.

W.G.Sebald, Austerlitz

I

A mediados de los años ochenta, dos arquitectos catalanes muy jóvenes, Enric Miralles y Carme Pinós, ganaron el concurso para realizar el nuevo cementerio de la ciudad de Igualada (Barcelona). Su lenguaje conjugaba la obra maestra de Gaudí, Jujol, Aalto, Asplund, Le Corbusier. Su proyecto dibujaba, guiado por las formas de la tierra de un áspero terreno situado entre un área industrial y el paisaje natural, un recorrido que narraba el descenso de un cuerpo a las entrañas de la tierra para reposar.

El cometido principal de Miralles y Pinós cuando emprendieron su proyecto para el Cementerio de Igualada era la recreación del paisaje. Se propusieron hacer del paisaje arquitectura y, mediante su arquitectura, crear un nuevo paisaje.

Señala el arquitecto Vittorio Gregotti que los europeos son quienes, a lo largo de los siglos, más persistentemente y con mayor intensidad han alterado el aspecto físico de su territorio, bien para cultivarlo o para ocuparlo. Se reconoce esta actitud en esta obra, cuya arquitectura no puede comprenderse sin asumir como rasgo esencial su vinculación con el paisaje y el terreno al que pertenece. Esta pertenencia se gesta mediante el establecimiento de vínculos físicos entre el suelo y la arquitectura. Miralles y Pinós se apropiaron del lugar reconstruyéndolo con sus propios elementos, desarrollando una concepción de la arquitectura en la que se ve implicada hasta la última piedra, el último trozo de metal en oxidación.

Esta forma de hacer arquitectura no concede artificios sino que se crea a sí misma con sus propios elementos.

La reelaboración constante de los dibujos y la apropiación de metáforas fueron herramientas de estos arquitecto para “dialogar con lo que existe” y “lo que existe” implica lo sensorial y lo suprasensorial. En otras palabras: hallar y trabajar el absoluto potencial del lugar. En la memoria de los arquitecto está grabado el paisaje: una tierra áspera de formas sinuosas. No podemos extraer el cementerio ni su concepción de este contexto. El paisaje, pero aún más la memoria, son fundamentales para emprender el proyecto y comprenderlo. Establecer un diálogo con el genius loci, para descubrir la esencia del lugar y la arquitectura a proyectar. Los arquitectos hacen que el cementerio sea la misma substancia que la tierra a la que pertenece.

Se siente en esta arquitectura una actitud sacra, no sólo en relación a la dimensión numinosa que pertenece a la muerte, sino en referencia a una sacralización de la arquitectura que se hace patente en las formas y en los materiales escogidos para la construcción del cementerio.

Goethe escribe: “Pero la unión también puede producirse en un sentido superior, cuando lo dividido primero se intensifica, y con la unión de sus partes intensificadas produce un tercero nuevo, superior e inesperado”. El Cementerio de Igualada es una obra de arquitectura que escarba y se enraiza en las entrañas del suelo, uniéndose al paisaje con sus materiales y formas. Es del modernista catalán Josep Maria Jujol, de quien aprenden el valor de los materiales pobres, de la belleza de los objetos a priori sin valor pero que, cuando pasan a formar parte de la arquitectura, toman una trascendencia total. Materiales brutos, toscos, desgastados, oxidados, hundidos en tierra seca catalana. La fusión de la piedra, el acero y el hormigón con la dureza de la tierra natural transforma las esencias de lo natural y del artificio en este lugar, el Cementerio, de manera que –como el Park Güell de Antoni Gaudí- la arquitectura fabrica formas naturales, se vuelve orgánica, no copia a la Naturaleza sino que la vuelve a definir. Surge algo extraño, potente, sublime, como un santuario antiguo.

Los arquitectos crean una arquitectura “humana” en el sentido de que, como el hombre, no es inmune ni al tiempo ni a las circunstancias contextuales en el que debe asentarse y plasmar constancia de su presencia, su existencia. Es una arquitectura que “existe”, que vive a través de sí misma, de su entorno y de su interacción con éste. El deseo era erigir sus obras pero, también, verlas envejecer, añejarse: que los árboles crezcan, que las piedras se recubran de musgo, que la obra de arquitectura desarrolle una vida propia. Hacer arquitectura capaz de tener y manifestar recuerdos, de envejecer.

Esta intervención deriva en un culto al lugar, que da como resultado un homenaje sentido a la arquitectura en la que ambos arquitectos creyeron. Su obra es un lenguaje que es síntesis apasionada de rasgos de los maestros, de otras arquitecturas, y de un conocimiento emocional del paisaje catalán. Como obra arquitectónica contemporánea, el Cementerio de Igualada es el lanzamiento de un convencido desafío plenamente personal sobre una forma de plantear las relaciones y diálogos entre hombre- naturaleza- arquitectura, expresando la complejidad de las dimensiones inherentes a cada uno de ellos, como individuales y como tríada indisoluble unida para el espacio y el tiempo.

II

Aunque una obra proyectada a dúo, el Cementerio de Igualada es la expresión más hermosa de la intensa expresividad de la arquitectura de Enric Miralles: enérgica, dramática, compleja. Una arquitectura de símbolos en la que, en muchos casos, se olvida o desinteresa del pragmatismo, en la que se desvela la belleza de la imperfección y que puede leerse como una unidad, como una sola obra inagotable e inagotada, inconclusa, lleno de fisuras y ruinas prematuras.

Explorar con el instinto la materia y la esencia de la arquitectura. Revisar el propio trabajo a la manera en que un poeta elabora una antología de sus obras. Afirmar: ‘la arquitectura no es más que una forma de pensar sobre la realidad. Hacer que todo, imágenes, materiales, ideas...se haga arquitectura. Vivificar el artificio arquitectónico y hacerlo un ser, que vive imprevisiblemente. En el sentido literal de vivir. Y en el sentido literal de hacer vivir. El Cementerio de Igualada se hace así: de esa concepción, que resulta casi inspirada, emerge la poesía y la genialidad de esta obra, de este lugar.

Parte de la esencia de la arquitectura de Enric Miralles residía dentro de su cabeza y sostenía las estructuras de sus obras. Equivalente a la potencia física de sus obras es la energía de su poética. La importancia de las metáforas, la erudición y energía con que Miralles reembellecía imágenes e ideas para transformarlas en formas y comprensión íntima de su arquitectura, su arquitectura del sentimiento.

Llamamos arquitectura del sentimiento a la forma visceral de comprender la arquitectura que encarna Enric Miralles, que emerge de lo más profundo de las entrañas, que es dramática porque se basa en la provocación, una provocación producida por las formas y materiales que la componen: que se vive y percibe con todos los sentidos. Una arquitectura como de carne, que no recurre a artificios o elementos superfluos porque todos sus componentes son, en esencia, arquitectura y la arquitectura, en el arquitecto, se transforma en vida. La obra de arquitectura deviene así una herramienta que sostiene y extiende la propia vida.

El crítico Josep Quetglas afirmaba que Miralles era un ‘puro arquitecto’ porque los productos de su pensamiento eran ya arquitectura, aun sin necesidad de haber sido construidas, formas que emanaban puras de su imaginación.

En todo momento, la arquitectura de Miralles, y en el Cementerio de Igualada especialmente, se percibe con la impresión de que el edificio, la arquitectura, traspasaran al espacio de la realidad la sustancia vital del arquitecto; llevando al extremo la libertad expresiva personal. Como si deliberadamente, Miralles buscase que el edificio sea un consciente activo reflejo del ser y no un artificio producido según un cierto individualismo.

Tuvo un importante peso en el pensamiento de Enric Miralles la dimensión de la ‘construcción’: Como si la construcción no fuera el momento final del proceso de trabajo, sino uno más de los momentos inconexos que siempre están pidiendo una nueva respuesta. La idea de que el proyecto arquitectónico permanece siempre, virtual y físicamente, inacabado; como el cementerio, donde los materiales se desgastan y los árboles siguen creciendo, transformándose el lugar.

“Lo que me interesa de la obra construida es que, al tiempo que más compleja, se presenta también como más esquemática, finalmente liberada de las dudas del proceso. Sólo queda lo que era realmente importante. Y, al mismo tiempo, es un esquematismo que no es el mismo que se producía al principio, sino que se ha ido enriqueciendo con el tiempo, es un una marca que no has hecho tú...Es en el tiempo donde entiendes más el pensamiento, la forma de las cosas, cuando la urgencia, la necesidad de decidir desaparece, cuando las cosas van volviendo...”.

Miralles sabía cuál era su propia visión, el trabajo de su vida consistió en otorgarle la forma. Eligió los estudios de arquitectura porque “quería aprender”. A través de su reflexión intelectual, extraía a la arquitectura de su egocentrismo pragmático y lo dotaba de un egocentrismo trascendental que lo hacía ser una forma de elaborar una visión del mundo y un conocimiento sobre la propia identidad, inspirado por la complejidad (pragmática y trascendental) que implica la construcción de la arquitectura.

A través de todas las repeticiones del dibujo, del estudio de las fotografías del lugar y de las maquetas, de la observación de la construcción del proyecto...Y había dos frases, que parecían ir más allá:

Siempre estoy tratando de entender cosas que no entiendo. En mis proyectos, siempre queda oculto algo mío.

Todo esto lo comprendíamos enteramente después, cuando, en julio de 2000, llegaba la noticia de que, Enric Miralles, a los cuarenta y cinco años y en lo más prolífico y alto de su prestigio profesional, había muerto y que su cuerpo descansaría en el Cementerio de Igualada. A la inesperada noticia de su fallecimiento, la rodeaba la latente extrañeza de aquellas dos frases, una perplejidad que nos hacía insistentemente volver al Cementerio de Igualada porque podríamos descifrarlas.

Entendíamos el Cementerio de Igualada como la definición de un lenguaje arquitectónico posible; como un planteamiento poético acerca de la esencia de la arquitectura. Y, simbólicamente, el hundir las estructuras precisamente de un cementerio en la tierra se leía como una concepción ancestral de la muerte y el rito funerario: el cuerpo inerte introducido literal y simbólicamente en las entrañas de la tierra. En un lugar donde naturaleza y arquitectura se hibridaban para existir juntas, donde la materia muerta se disuelve, la muerte se hace parte de la dimensión eterna de la vida.

Como conclusión de toda una obra que define una manera de pensar, de ser y de aproximarse al conocimiento, debíamos comprender, finalmente, que aquella metáfora dramática y bella se había apoderado de su autor y él mismo integraría la construcción de aquélla en la que se expresó desmesuradamente el sentimiento del arquitecto que entregaba toda la cabeza y todo el cuerpo para hacer arquitectura.

Al final, el prodigio de ser arquitectura.